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27 de agosto ,

Como cada verano, aprovecho las vacaciones en DLV para desconectar de las noticias. Este año, a diferencia del anterior, he variado mi dieta. En lugar de desconectar por completo y luego volver a la rutina, que como todos sabemos no suele funcionar, he decidido instaurar un cambio permanente, y sustituir los hidratos de carbono por las grasas.

Siempre nos habían dicho que los hidratos eran la base de la alimentación. Años después, hemos abusado de ellos, y la ciencia está empezando a vincularlos a la epidemia de obesidad. Para que os hagáis una idea, se hizo un experimento con tres grupos. Todos ellos se alimentaron durante un tiempo con una dieta de un total de 1000 calorías, la mitad de lo recomendado para un adulto (2000). Un grupo consumió estas calorías básicamente en forma de hidratos. Otro, en forma de proteínas. Otro, en forma de grasas. ¿Sabéis? el único grupo que no perdió peso en este experimento de tan sólo 1000 calorías fue el de los hidratos.

Por deformación profesional y para seguir con la metáfora informativa, permitidme un poquito de ciencia. Para metabolizar los hidratos de carbono, –no se me enfaden los puristas, esto es una simplificación– el cuerpo lanza un torrente de insulina, que los procesa immediatamente y genera azúcar.

El problema de los hidratos viene dado porque ofrecen energía casi instantánea, pero la mayoría de las veces que los consumimos no quemamos esa energía a corto plazo, así que la insulina vuelve a procesar el azúcar y lo almacena en las células adiposas en forma de grasa.

Lo que es peor, se ha descubierto que los hidratos son adictivos: sacian a corto plazo, pero producen sensación de hambre a las pocas horas. Esto hace que comamos más y más, pensando que la solución a nuestro apetito es ir consumiendo hidratos cada pocas horas.

En el otro extremo tenemos las grasas. Demonizadas desde finales de los 50, son las más honestas. Generan casi el doble de energía que los hidratos sobre el papel, pero son difíciles de digerir y por lo tanto la sensación de saciedad es mayor. Además, se está sabiendo que son mucho más nutritivas que los hidratos e, ingeridas en una dieta equilibrada mezcladas con otros alimentos, pueden llegar a engordar menos que éstos a causa de la bioquímica del metabolismo.

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La industria informativa de hoy día está basada en los hidratos de carbono. Es un bombardeo incesante de pequeñas píldoras informativas que nunca nos llegan a saciar.

“Un sacerdote español tiene el ébola”. Pocas horas después, “El sacerdote español con ébola viaja a Madrid”. Pocas horas después, “El sacerdote español con ébola está ingresado”. Pocas horas después, “El sacerdote español con ébola fallece”.

Dividir una historia en cuatro noticias hace que se pierda totalmente el contexto. Los foros hierven con comentarios sobre pequeños detalles de la operación de traslado, del tratamiento, de si es apropiado trasladarlo a nuestro país, de si hay que cerrar las fronteras. Los árboles no nos dejan ver el bosque. Y, lo que es peor, mucha gente pasa el día con miedo; en mayor o menor grado, no quiero dramatizarlo. Pero sí que alguien quizá estará ligeramente más preocupado o enfadado y al llegar a casa cualquier mínima chispa le haga reaccionar, sin saber en realidad que la fuente de su enfado es que ha leído que sucede algo que no acaba de entender.

No digo que un periodista no tenga la obligación de explicar la actualidad. Está claro que sólo se puede informar de lo que está sucediendo. Muchos periodistas, especialmente los de los periódicos serios –en España quedan ya sólo dos o tres– ofrecen visiones más o menos neutrales acompañadas de un contexto.

Pero, por otra perte, cada pequeña actualización es una nueva posibilidad de compartir en las redes, generar visitas, ingresos por publicidad y, en definitiva, mantener su modelo de negocio. La redacción está presionada para cambiar la portada cada cinco minutos.

¿Cómo culparles por hacer su trabajo e intentar mantener su industria? No es justo.

Pero igual que la honestidad de los que nos explicaban que el pan, arroz y legumbres son la base de la alimentación, este modelo frenético de pequeñas noticias irrelevantes pero adictivas, con fecha de caducidad, nos está intoxicando. El exceso de información, ahora sí sin dramatismos, es tóxico.

Han pasado, cuántas, un par o tres de semanas del tema del sacerdote. Ya nadie se acuerda. En contexto, todo fue un caso aislado en una gran falsa alarma global. O igual no, y dentro de seis meses nos morimos todos. Va a dar igual, tampoco podemos hacer absolutamente nada para cambiarlo excepto quizá mudarnos a una cueva en el Pirineo.

¡Rápido, cierra el tema del ébola, que se acerca septiembre y toca hablar del PP, del PSOE, de los catalanes, o yo qué sé!

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Hace tiempo descubrí que determinadas noticias me afectaban físicamente. Qué le vamos a hacer, soy un tipo muy empático y hay cosas que me tocan la fibra. Me ponían de tan mal humor que me afectaba al carácter. Muchas veces me notaba alterado, con demasiado nivel de estrés al acabar el día y, al analizar el motivo, descubría que era por culpa de una noticia generada a 15.000 km. Desde la lapidación de una chica en el Yemen hasta chorradas como que tiendas online cobran más a quienes visitan la web desde un Apple. ¡Injusticia!

Llevo años dando vueltas a este cuestión, porque pienso que es una de las grandes preguntas de la humanidad. ¿Qué responsabilidad global tenemos como individuos? ¿Alguna vez os lo habéis planteado? Y, ¿qué acciones concretas engloba el concepto “responsabilidad global”?

Después de reflexionar, pienso que debemos enfocar este tema en torno al poder global que podamos tenemos como individuos. Creo que este es el verdadero fondo de la cuestión. No debemos regir nuestra vida por lo que sucede a nuestro alrededor, sino por aquello que tenemos poder para cambiar.

Como ejemplo, ¿donar un euro para vacunar un niño en África pero luego llegar a casa y chillar a tu hijo contribuye a un mundo mejor? Pensadlo, luego iremos a ello.

No abogo por mirar a otro lado con las masacres globales. Pero, por otra parte, mirarlas a los ojos tampoco las soluciona. Ya sabéis qué opino del “slacktivism” o los “activistas de sofá”; la “concienciación” de un problema mediante el tsunami informativo no sólo es inútil, sino que trivializa el problema. South Park, como es habitual, da en el clavo: la era propagandística del SIDA ha pasado, hoy día, si no tienes cáncer, no estás realmente enfermo.

Vivimos en un mundo de modas informativas. Ayudar a los niños del África ya no nos satisface, ahora hay que fijarse en Gaza. Esta semana toca tirarse un cubo de agua por encima por la ELA, la semana que viene nos pondremos un lazo rosa por el cáncer de mama. Y pobre del que no lo haga, ¿¿o es que te gustaría que tu madre tuviera cáncer, eh?? ¡Pues comparte este lazo con tus contactos! Serás egoísta, ¿no vas a la mani pro Palestina? ¿No sabes que cada segundo mueren tropecientos niños en el África por falta de agua potable?

Oiga, es que yo… tengo mis propios proyectos sociales… mis problemas… ayudo a mi entorno… intento que la gente a mi alrededor sea feliz… no engaño ni causo daño a nadie…

¡Egoísta! ¡Si no te preocupas por el coltán de tu móvil eres una mala persona!

¡BASTA YA! 

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Basta ya de hacernos sentirnos culpables por cosas de las que no tenemos la culpa. Basta de hipócritas que nos desprecian por no preocuparnos por las mismas cosas que ellos, como si “su solidaridad” fuera superior a “nuestra solidaridad”. Basta de immediatez en la noticia, los tuits y los breves, la indignación permanente, de noticias con fecha de caducidad, de la droga informativa. Basta de usar la palabra “solidaridad”. La hemos gastado, amigos. Está vacía de contenido.

Todas las personas tenemos conciencia. La mayoría intentamos hacer el bien; ya sabéis que pienso que los españoles somos buena gente. Algunos piensan que el sentido de su vida es viajar ocho mil kilómetros para proveer de agua potable a un pueblo con sequía. Me quito el sombrero. Esta gente tiene unas gónadas como el caballo de Santiago. Es imposible reprocharles su actitud.

Mientras tanto, observemos, a dos manzanas de su antiguo piso en una ciudad del primer mundo hay un mendigo pidiendo limosna.

“Es un borracho”, dicen algunos. ¿Por qué es un borracho?, esto se lo preguntan pocos. Quizá es un alcohólico porque vive en la calle. Quizá vive en la calle porque perdió su trabajo. Quizá perdió su trabajo porque tiene un problema de depresión. Quizá tiene un problema de depresión porque pasó una mala época y no podía permitirse ir a un psicólogo para que le ayudara. De repente, este señor, que era ingeniero en la IBM, “es un borracho” en una esquina porque su depresión y alcoholismo le impiden pedir más ayuda que unas monedas sentado en un cartón a la salida de un supermercado.

¿Invalida esto la buena acción de nuestro amigo el del pozo en África? Si alguien piensa que sí, tiene un problema. Ahora, el mendigo tiene otro. Sigamos analizando la cadena de responsabilidades.

Sé que no son situaciones comparables. “El mendigo es responsabilidad del Estado quien, por culpa de los recortes ha disminuido la ayuda social y…” Alto el carro. El mendigo es una persona humana. Vete tú a explicarle que no le ayudas porque su situación “es culpa del Estado” y “él no es tu responsabilidad”

Afortunadamente, como todos tenemos intereses distintos, un trabajador social hará de voluntario para ayudar al mendigo mientras nuestro amigo coge un avión para construir pozos. En realidad pocas, muy pocas causas no tienen a nadie trabajando en ellas. Siempre se echan en falta manos, siempre se agradecería más publicidad, pero a la vez, siempre habría otro que pensaría que “su” causa sigue siendo más importante. Las personas somos así, pensamos que nuestros gustos y nuestra ética personal son superiores.

Para intentar acabar de fijar esta idea, una serie de reflexiones.

Hay muchas maneras de trabajar por un mundo mejor. Algunos van a lo grande y se hacen misioneros, o se meten en política. Está claro que esto tiene más mérito, sin duda. Otros envían cartas al defensor del pueblo, hablan con sus políticos, trabajan a nivel ciudadano. Los hay que donan dinero. Algunos hacen de voluntarios con enfermos, ancianos, niños, animales. Otros intentar hacer feliz a la gente que les rodea.

¿Es suficiente solidaridad pagar tus impuestos? ¿Es suficiente donar a MSF? ¿Es suficiente hacer de voluntario en una iglesia o centro cívico? ¿Es suficiente dedicar una tarde a la semana en visitar a tus abuelos? ¿Dar un euro a un mendigo? ¿O darle un paquete de arroz “para que no se gaste el euro en tabaco”? ¿Es suficiente montar un partido político? ¿Es suficiente escribir en un blog? ¿Es suficiente compartir todo lo que se te pone por delante en Facebook? (Hey, ¿no habíamos dicho que sólo compartir es contraproducente?)

Estas preguntas no tienen una sola respuesta. Tan sólo la propia persona las puede responder, escuchando a su consciencia. Nadie más. Cada uno debe analizar sus actos, su entorno, sus posibilidades, y decidir a qué causas dedicar su tiempo, dinero y esfuerzo.

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El motivo de este rodeo es para hacer evidente el problema de las noticias carbohidratadas. Teletipo + globalización = tsunami de problemas por los que debemos sentirnos culpables si no hacemos algo para cambiarlos; ergo, tsunami de causas que apoyar. Tsunami de dolores de cabeza, estrés, reflexiones sobre si somos buenas o malas personas porque no enviamos VACUNA al 5555.

Uno de los efectos secundarios es que enfrenta inútilmente a ciudadanos concienciados sobre qué causa es más urgente y necesaria, y les aleja un poquito de su realidad. Nos hace creer que los problemas que tenemos aquí son menos graves que los que hay en el resto del mundo.

Lógicamente, aquí no estamos en guerra ni pasando una hambruna, pero ¿hasta qué punto ser bombardeados por todos los problemas del planeta Tierra nos acerca a una solución para alguno de ellos? Y si no sirve para nada, ¿por qué exponerse al chaparrón?

Al final, la realidad cercana es más importante que la global porque es accionable. Uno puede cambiar cosas a su alrededor, pero difícilmente las puede cambiar en los barcos balleneros de Japón. Por desgracia, los medios hablan de los balleneros pero no del mendigo de la esquina o que los hijos de tu vecino no almuerzan en el colegio porque sus padres no tienen para un bocadillo.

Para no desconectarse de la propia realidad lo mejor es desconectarse de las noticias. Y no lo culpo a una “conspiración para mantenernos alienados y aborregados”. Sencillamente es el producto de diferentes idiosincrasias, culturas de la caridad, industrias y personas mezcladas en una coctelera. Esto ha sido así desde que existe la prensa, pero recientemente con internet todo se ha acelerado.

Para finalizar esta reflexión, puede parecer que esté defendiendo la idea de que protestar, organizarse e intentar cambiar el mundo no sirve para nada. Al contrario. Uno de mis objetivos en la vida es cambiar el mundo. Sí, no es broma, pero no es tema para hoy. A lo que me vengo a referir es que en nuestros –de media– 80 años de vida debemos escoger por qué causas luchar. Alejarse de las noticias e ignorar lo que pasa a 15000 kms no nos hace peores personas. Cada uno debe escoger sus batalla y, a mis 30, he visto bastante claro que éstas deben estar a mi alcance, de lo contrario, son esfuerzo, salud y felicidad perdidos.

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Acabamos este detour para volver a hablar de dieta. Y es que en esta metáfora que os presento hay una solución. Son las grasas.

Las grasas informativas son los análisis periódicos. A mí me gusta la revista Time, por su excelente calidad periodística y elección de los temas. En España tenemos el magnífico Informe Semanal, y otros documentales y/o magazines de actualidad. Empiezan a aparecer revistas de actualidad y blogs por internet que ofrecen análisis magníficos; Jotdown es un buen ejemplo. Ojalá alguien clonara el concepto de Time en España.

Periodísticamente, parece que el debate se está instaurando con fuerza en televisión; como muestra, Pablo Iglesias. La verdad es que es una mejora respecto a la manipulación de los informativos, todos ellos, sin excepción.

Por desgracia, los debates tal y como están planteados generan más problemas: suelen tratar micronoticias, más hidratos, centrándose en detalles absurdos de historias que no serán ni una frase en el almanaque de este año. Hemos añadido pluralidad pero no hemos solucionado el fondo del problema: la elección de los temas y del enfoque con que se tratan.

No hablo de ser un anacoreta. Sé que hay gente que decide deliberadamente no estar al corriente de lo que pasa más allá de su nariz. Bueno, es una elección personal, no sé hasta qué punto se les puede criticar por ello. Yo pienso que ignorar el mundo por completo es contraproducente en una sociedad globalizada y, para los que estamos todavía en edad de crear cosas, es necesario saber qué se cuece para tener visión y no meter la pata.

Lo que defiendo es pasar de visitar las noticias cada cuarto de hora para dedicar una hora dos veces por semana para informarse de verdad.

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Un par de horas a la semana me han permitido elevar un poco la vista, observar qué pasa, cuáles de estos temas me afectan personalmente y cuáles son contexto para entender el mundo, y luego volver a mi vida y mi entorno sin pagar un peaje demasiado alto.

Me he enterado de qué pasa con el ébola, pero sin haberme tenido que preocupar un microsegundo por mi salud. También he entendido las causas de esta nueva escalada en Oriente Medio. He leído sobre ISIS sin necesidad de indignarme y cambiar mi estado de ánimo.

Y la verdad, poco más. Lo que es más curioso, ninguna de estas tres noticias me afecta. Seguramente haya sucedido algo más relevante en el Ayuntamiento de mi pueblo que la conexión geopolítica que hace subir tres céntimos la gasolina cuando baja el Dow Jones porque el Sultán de Omán ha hecho unas declaraciones. Que sí, todo está conectado. La pregunta es, ¿hasta qué punto nos afecta esta conexión y por lo tanto debemos dedicar neuronas a la noticia?

En el ejemplo del sacerdote con ébola hemos visto que se generaron cuatro noticias con cuatro debates. Para entender el contexto era necesario consumir las cuatro. Son piezas de un puzzle; si falta una nos quedaremos sin saber qué ha pasado. Por lo tanto, si deseamos ser unas personas informadas, tenemos dos opciones.

La primera es consumir absolutamente todos los hidratos que nos lanzan, sin dejarnos ninguno, o fallaremos en nuestro objetivo de entender el contexto. Aguantamos con el estrés y la incertidumbre, pese a ser hechos que seguramente no cambiarán nuestra vida ni un milímetro.

La segunda opción consiste en esperar un poquito y dejar que un profesional haga este análisis por nosotros. Debemos escogerlo bien, claro, ya que corremos el riesgo de que no sea neutral. Pero una vez leído un buen análisis de once páginas sobre el ébola, si nos queda alguna duda concreta o pensamos que hay alguna parte no muy neutral, siempre se puede contrastar con tranquilidad.

Esta es una invitación para hacer un cambio de dieta. Dejad los hidratos y pasáos a las grasas*. Son difíciles de digerir y requieren más trabajo, pero son mejores para el cuerpo y os harán más felices.

Y, si sois de los que os gusta ayudar, tendréis un contexto mucho mejor para saber qué causas apoyar, y no sólo la que esté de moda esta semana en el Facebook.

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Una reflexión final para los habituales de este programa.

En DLV tratamos cada semana aproximadamente diez noticias en los dos programas. Siempre intentamos añadir una perspectiva global, y creo que con relativo éxito, para no perder el norte ante tanto zigzagueo informativo. Pese a todo, ello implica leer constantemente diferentes medios para hacer el trabajo de análisis. Es una consumición constante de hidratos. A partir de ahora tendré que buscar un nuevo encaje de DLV con mi dieta. Sea lo que sea lo que eso signifique.


*No sólo es una metáfora informativa. Si queréis informaros más sobre los nuevos descubrimientos científicos que cambian la pirámide alimentaria, leed este libro

 

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5 de julio
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5 de julio
28 de junio

(Nota: por un problema con el micrófono, a Galceran se le oye con muy poco volumen de forma intermitente. Hemos intentado arreglarlo en la medida de lo posible, pero os pedimos disculpas por los problemas)

Santamaría abre el debate sobre los aforados, procesan a la Infanta Cristina, los niños bolivianos quieren trabajar, Luis Suárez muerde a un oponente y la FIFA se encuentra con un gran caso de corrupción por los mundiales y se cumplen 100 años de la Primera Guerra Mundial. 

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Queridos oyentes,

Llega el verano, y los tertulianos se van de vacaciones, abdican o se esconden… ¡cada vez cuesta más reunir al equipo! Así que esta semana no grabaremos programa.

Pero no nos vamos todavía, esperamos poder hacer algun otro DLV antes de irnos de veraneo.

 

 

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15 de junio
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Regresamos para comentar la abdicación del Rey y el relevo en la Corona. De aquí pasamos a comentar la liberalización del transporte de pasajeros y la privatización parcial de Aena, para continuar con la innovadora medida de poder inscribir en el Registro a un recién nacido desde el mismo hospital. Terminamos comentando un caso concreto para discutir la posible sobreprotección de los niños.

 

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Arranquem lamentant-nos de les queixes anuals sobre els examens de selectivitat, i entrem en matèria amb els partits polítics catalans: La lamentada dimissió de Pere Navarro, i el seu relleu, els falsos anuncis de retirada de Duran i Lleida, i les eleccions primàries d’ERC a Barcelona. Comentem l’estat del “procés” amb l’assistència d’Artur Mas a la coronació de Felipe VI, i les diplomàtiques declaracions del Papa Francesc sobre la independència. Dediquem el tram final del programa al conflicte entre el sector del taxi i les aplicacions que ofereixen alternatives als possibles usuaris.

 

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Hola amigos,

Dificultades logísticas y de agenda nos obligan a suspender el programa esta semana.

Sabemos que muchos fieles oyentes esperan nuestro enfoque sobre el tema de la sucesión real, pero quizás mejor así. ¿No estáis un poco saturados de escuchar como le dan vueltas y más vueltas al rey (padre, hijo y espíritu santo)?

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5 de junio ,

Tengo un amigo que está en el paro y quiere trabajar.

Vaya, nos ha jodido mayo con las flores, diréis. Toma, ¡y yo!

No; no me refiero a que quiera trabajar en el sentido que quieren el resto de los españoles. Me refiero a que está en el paro, cobrando el subsidio, y le salen faenas de poco valor que podría realizar fácilmente, facturarlas, y todos contentos.

Veréis, para los que nunca habéis estado en el paro por más de unos pocos días, el estatus de desempleado con subsidio es equivalente al jefe de esclavos de un rancho de Louisiana en 1850. Son esclavos con cadenas de oro. Para salir del rancho tienen que pedir permiso al Señorito. No pueden tomar decisiones sin aprobación del Señorito. No pueden hacer negocios sin permiso del Señorito. Sin embargo, al menos tienen algo que llevarse a la boca, y la protección del Señorito. Sí, Bwana.

Empezaremos con un ejemplo inocuo. Mi amigo ha ido recientemente de vacaciones al extranjero por cinco días. Bien, para salir del país hay que pedir un salvoconducto, perdón, la aprobación del SEPE, personándose en la oficina. Según ellos, es para evitar que le lleguen ofertas de trabajo mientras está fuera. Aparentemente, los móviles y e-mails no funcionan en el extranjero. También aparentemtente, tampoco funcionan en España, ya que el trámite no se puede realizar por teléfono o internet.

Si este período hubiera sido superior a 15 días, el papeleo se complica, y es posible que el Estado congele el subsidio mientras dure el viaje. Por lo tanto, cuando mi amigo quiera marchar de vacaciones al extranjero en agosto por tres semanas, el SEPE le ofrece esta solución: ¡mi amigo no necesitará comer! Eso sí es un superpoder, chúpate esa Superman.

Quizá me estoy equivocando y sea parte de un plan de fomento del turismo nacional, quién sabe. La justificación oficial, como siempre, es que el Estado no quiere que un subsidiado salga a buscar trabajo en el extranjero sin su permiso. Eso es comprensible. Pero, en la retorcida lógica española, el trámite absorbe también a los turistas y/o aquellos que tienen que hacer un viaje por otros asuntos. Como si superar los quince días fuera condición sine quan non para trabajar, y con sólo dos días en Londres no se pudiera firmar un contrato de trabajo o realizar una consultoría de miles de euros.

Dejemos el tema de los viajes y vayamos al centro de la cuestión. Para ello, explicaré un concepto llamado teoría de juegos. Es una idea matemática basada en el comportamiento de las personas en los juegos. Si cogemos un sistema con unas reglas definidas y unos actores racionales que desean ganar y dependen tanto de sus movimientos como los de sus adversarios, podemos diseñar un modelo que explique el comportamiento de estos jugadores.

Muy sencillo: dado el parchís, si sacas un seis, y tienes dos fichas que no están amenazadas, una a seis casillas de casa, y la otra a diez, tu movimiento será llevar la primera ficha a casa, contar diez, y llevar la segunda a casa, para ganar. Mover la segunda ficha no proporciona tanto beneficio. Esta teoría se usa mucho para entender comportamientos sociales, como el famoso dilema del prisionero, que podéis leer si os interesa el tema.

Quedémonos con el concepto de la teoría de juegos y el comportamiento racional, y sigamos con las aventuras de mi amigo.

Como os decía, le han salido pequeños trabajos. Mi amigo consultó con su asesor fiscal, y éste le informó cómo piensa el Sistema. La conversación fue así:

P: Mira, me han salido unos trabajos y quería ver cómo los puedo compatibilizar con el paro

R: No

P: ¿Perdona?

R: Trabajar es incompatible con el paro

P: Claro. Pero me refería a pequeños trabajos tipo autónomo, de 50-100 euros, que facturaría con sus respectivos impuestos, y que luego complementaría con el paro hasta los 900 euros que cobro, como hacen por ejemplo en los EREs o los asalariados a tiempo parcial. Como ya abono la seguridad social con el paro, sólo tendría que pagar IVA e IRPF.

R: No puedes

P: ¿El Estado no quiere que le ahorre dinero de mi paro, le ingrese impuestos y realice actividad económica?

R: No

P: Pero no voy a renunciar a mi subsidio de 900 euros por cobrar, con suerte, 200 euros al mes.

R: Claro que no

P: ¿Y qué hago?

R: Tienes dos opciones. No trabajar, o la que tú ya sabes.

Mi amigo, que sorprendentemente también es tertuliano en un podcast, socialdemócrata, defensor del sistema impositivo y de la lucha contra el fraude, decidió no trabajar antes que defraudar.

El paro, como véis, está diseñado para ser binario: o estás en el paro o no estás. En una sociedad industrial de finales del s.XIX tenía cierto sentido. En 2014, con la flexibilidad laboral, añado, promovida hipócritamente por los recientes gobiernos, es estúpido suponer que alguien renunciará al subsidio completo por la hipotética posibilidad de facturar cuatro duros. En el mundo de los autónomos los inicios son difíciles; es necesario coger un poco de carrerilla para llegar a facturar algo digno, y para ello se necesita tiempo. Mi amigo no puede renunciar a 900 euros durante los quizá cuatro meses que tardaría en cobrar lo mismo como autónomo.

Ahora encajamos la teoría de juegos. Actor 1: mi amigo. Intereses: comer y pagar un alquiler. Actor 2: el SEPE. Intereses: Reducir las cifras y el gasto de desempleo.

Este juego, curiosamente, tiene un movimiento en que ambos actores salen beneficiados, lo que se llama una situación win-win. Ese movimiento es el siguiente: mi amigo cobra y factura los 100 euros del trabajito, el destinatario paga 21 euros de IVA, y mi amigo aproximadamente 20 euros de IRPF. El Estado le complementa el paro con 800 euros. Mi amigo ingresa 880 euros pero está invirtiendo en su proyección como autónomo, el Estado se ahorra 100 euros, más los 21 que ingresa de IVA.

Esta situación, como os he explicado, es incompatible con las reglas del juego. Dado que, muchas veces, mantener a una familia es más importante que cumplir con las leyes, es comprensible (y, desde luego, reprobable) que haya parados que defrauden. Pese a todo, las cifras del Gobierno marcan este porcentaje en el 0,15% de los desempleados. Peccata minuta para las arcas del Estado. Afortunadamente mi amigo sólo se tiene que mantener a sí mismo, si no, la decisión quizá hubiera sido diferente.

Mi amigo es un aficionado a la teoría de juegos, e intenta aplicarla en sistemas cotidianos. La mayoría de veces funciona, y cuando no lo hace, es porque no se cumple uno de los supuestos: se necesita que ambos jugadores se comporten de forma racional.

Vamos ya concluyendo el relato. Conforme uno va creciendo va descubriendo cómo es el Sistema español. Sistema, con mayúscula, ese conjunto de quehaceres, instituciones, idiosincrasias y forma de pensar plasmada en forma de leyes y reglamentos. El Sistema español está hecho por burócratas de finales del Siglo XIX y se ha perpetuado gracias a inútiles del siglo XX e inicios del XXI que no han sido capaces de adaptarlo al cambio de los tiempos. Sólo se han puesto muchos parches que hacen todo más complicado excepto para quien se lo puede pagar, sacando provecho mediante la ingeniería financiera y el fraude de ley.

El Rey tiene Twitter y los ciudadanos DNI electrónico, pero el modelo laboral está diseñado para ser peón de fábrica de 9 a 6. Cualquier otro tipo de trabajador tiene brutales desventajas fiscales, laborales y sociales.

Al principio mi amigo pensaba que era él el inútil. ¿Cómo van a ser inútiles los poderes del Estado? Y, desde luego, vaya, especialmente en el entorno legal, mi amigo está muy verde. Steve Jobs decía que todo lo que te rodea y lo que llamas “la vida” se creó por gente que no era más inteligente que tú, y puedes cambiarlo e influenciarlo. Y, efectivamente, sucede una cosa; en los ámbitos en los que mi amigo sí es experto, la legislación es inútil e irracional, dirigida por lobbis, con un sistema de incentivos perverso. Cuando vemos las cifras reales de fraude es cuando entendemos a quién sirve el sistema. Y la regulación laboral no es ajena al Sistema.

El capitalismo (regulado) funciona porque parte de una premisa escrita en piedra: las personas se mueven por sus propios intereses. En España, escasas y casi mágicas veces los intereses del individuo van en sintonía con los del Estado. Y entonces, en vez de abrazar la situación con racionalidad y realizar ese movimiento que beneficia a todos los jugadores, la índole de un burócrata de 1894 se nos aparece imbuida cuasi espectralmente en el reglamento del SEPE, nos da un golpe de regla en las uñas y nos obliga a estar quietecitos. Eso sí, con una regla de oro.

 


Este artículo sigue la Doctrina Mi Amigo, muy útil para cubrirse las espaldas; aquella que se usa cuando vamos al médico y le comentamos que “ya que estamos aquí, le transmitimos la consulta de un amigo que tiene problemas de erección”.

Gracias a Galceran por la revisión del artículo.

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