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Per una vegada haurem de partir dels fets, i prego que no confonguem “l’ésser amb l’haver d’ésser”.

Fet primer: a l’hora de fer actuacions, ja sigui d’obres públiques o de política social, qui governa aplica les seves mesures en funció de la majoria que representi. Així, quan es proposa un determinat projecte i no s’ha de negociar amb ningú més, totes les paperetes diuen que s’acabarà fent.

Fet segon: Encara que tot és decidit sense masses possibilitats d’incloure-hi una esmena, normalment s’intenta justificar aquests rampells demostrant que, de fet, compten amb el suport d’una amplia majoria de la població. Així, es duen a terme una sèrie d’enquestes, no abans sinó després d’haver elaborat la proposta. D’aquesta forma sembla que el “poble” participi en la presa de decisions.

Un parell d’exemples: Aquest matí he patit una enquesta sobre la meva opinió d’incloure un carril VAO a la C-58. Deixant de banda les possibles bondats d’una via d’alta ocupació, personalment crec que la iniciativa no millorarà el transit en hora punta. Aquest és causat per molts motius (mal disseny del nus de la Trinitat, falta de transport públic eficient a la zona…), però el que més em crida l’atenció és que el carril s’està construint, i per tant és una enquesta que publicita les bondats de la mesura.

Evidentment la meva opinió no importa per a res, i l’enquestadora ho deixa clar tot ensenyant-me un conjunt de fotos d’autopistes atapeïdes, que contrasten amb la calma i l’oasi de pau dels carrils VAO de les fotos adjacents. Si fos una enquesta de debò, haurien de preguntar l’edat, professió, i d’altres dades importants per saber si la mostra és representativa. Hauria de ser molt ingenu si pensés que l’enquestadora no en fa unes quantes d’amagat, per acomplir les expectatives.

Anem a per l’altre exemple, en aquest cas d’una actuació que encara no s’està executant: convertir la Avinguda Diagonal de Barcelona en un passeig. Si feu memòria recordareu que fa uns mesos l’alcalde Hereu (de Joan Clos) va anunciar la intenció del consistori de convertir la famosa avinguda en una espècie de Rambla. De fet no m’estranya, veient com està Ciutat Vella. Crec recordar que hi va haver cert rebombori, ja que tallaria una artèria de la circulació de la ciutat, sense oferir cap alternativa, excepte la d’anar a peu.

Mesos més tard, apareix una plana web on la ciutadania barcelonina podia “opinar” i realitzar “propostes” sobre el futur de la Diagonal. Seguint la meva teoria sobre les intervencions als fòrums, només qui tenia una opinió radical o havia superat el seu nivell d’indignació hi participà. M’atreveixo a dir que ni tan sols això, i que aquells predisposats a entrar a la plana també ho estaven a opinar “positivament” i de forma “cívica”.

Resultat d’aquesta vergonyosa “consulta popular”: 90.000 persones consultades que proposen que la Diagonal sigui un passeig i que el Trambaix el creui. Es veu que la classe política és en aquest cas en clara sintonia amb la població, doncs la amplia majoria de la gent de Barcelona, segons l’enquesta, espontàniament proposa el mateix que havia presentat l’ajuntament. Fins i tot es demana al consistori que tingui en compte els vehicles i la mobilitat!

En conclusió, el valor de les enquestes és confirmar els projectes que s’elaboren al marge dels ciutadans i donar-los legitimitat “democràtica”, altrament dita publicitat. Com va dir cert personatge d’una novel•la de Frank Herbert, “com sabrà el poble que som els bons si no li diem?”

26 de junio

Leyendo las noticias de Irán se me ocurre la idea loca que escribo en el título. Si se piensa en teoría política, prescindiendo de análisis parciales de izquierda o derecha, no deja de ser el arte de administrar una sociedad en un espacio determinado. Las diferencias ideológicas se refieren a las formas de administrar e incluso cambiar esa sociedad, pero en esencia el fin de la política es siempre este mismo.

Pero administrar no significa ser presidente de un consejo de una empresa, puesto que la sociedad tiene sus propias pautas de comportamiento. Ésta se parecería a un caballo, siendo el gobierno de turno su jinete (otra idea loca: el marxismo cree que el caballo puede pensar racionalmente, el capitalismo salvaje ofrece zanahorias). Aunque el caballo esté domesticado, no siempre puede ser obligado a hacer determinadas cosas, más si está asustado o barrunta algún peligro. Si obligas al caballo por encima de su capacidad, entonces te tira al suelo, sin pensar y por muchas zanahorias que le presentes no consigues nada.

Un sistema de gobierno administra la totalidad de la sociedad, y no sólo la parte que le ha dado su confianza (ya sea por votación o golpe de estado). Esto ocurre siempre, sin importar la cantidad de gente que esté claramente a favor de la propuesta (para gobernar sólo se necesita la indiferencia, no hace falta convencer, ¿verdad Zapatero?). Siguiendo con el caballo, a éste no le importa si su jinete es buena persona, o un sinvergüenza, porque quiere su zanahoria. La principal conclusión de lo anterior es que el arte de gobernar se basa en administrar mínimamente para todas las capas sociales, y aunque favorezcas a los tuyos, que es normal, nunca debes provocar en el resto la sensación de “o todo o nada”.

Entonces… ¿por qué se da una revolución? Porque se rebasa cierta línea no visible, pero que existe. Cambiando la metáfora por la del blog, se cruza el umbral del comentario. Normalmente un artículo en un blog lo que genera es indiferencia. Puede ser que al leerlo se esté más o menos de acuerdo, pero normalmente no se deja comentario. Incluso se da el caso de no querer dejar un comentario ante las salvajadas que ha escrito algún comentarista, que echan para atrás (siempre hay radicales que piden la revolución por “sistema”). Pero hay una línea en la que la indignación o el entusiasmo hace que la gente que nunca escribe lo haga, y en un éxtasis (para el autor, claro), ¡se llega a ser portada del menéame!

Lamentablemente, no nos engañemos, con el siguiente post vuelve la indiferencia.

Todos sabemos por nuestras madres que no es bueno aceptar regalos de desconocidos. Por muy simpáticos que nos puedan parecer. Mi madre solía decirme “‘si un señor te da un caramelo, no lo cojas!”, y de hecho era un sabio consejo. Si pensamos en el tema de las drogas no podríamos estar más de acuerdo. El “señor” al que se refería mi madre era evidentemente una metáfora del posible camello en busca de clientes.

El método que usan es el siguiente: primero te ofrecen la droga diciéndote que no va a tener ningún coste para ti. Es un regalo que no te exige más que cogerlo, sin ningún tipo de consecuencia salvo el placer que te proporciona algo dulce. Pero el caramelo está envenenado. En realidad es una droga que te obliga a seguir aceptando más regalos de ese “señor”. Es evidente que al fin surgen los inconvenientes: una vez te has acostumbrado a obtener tu caramelo gratis el camello te informa que de hecho cuesta dinero, y que lo has de pagar. Aunque todavía queda lo peor: el mono. La droga engancha y si no se administra en dosis cada vez más altas, además del síndrome de abstinencia, conseguir el placer que obtenías fácilmente se va tornando cada vez más difícil.

Yo no tengo hijos, pero no descarto tenerlos en el futuro. Eso me hace pensar en esos “señores” que dan caramelos diciendo que no tienen consecuencias, y como quiero pensar que seré un buen padre, aconsejaré a mis hijos que no acepten caramelos de desconocidos. Pero hay que ser consecuente, y por eso me aplicaré el cuento a mí mismo, por lo que también me negaré a aceptar a señores que me ofrezcan 400 euros diciéndome que son gratis; y por supuesto, si en el colegio me ofrecieran un ordenador portátil gratuito para mi hijo sospecharía inmediatamente que los “señores” que lo regalan saben perfectamente sus consecuencias, y entonces respondería con la frase que tan bien me enseñaron mis padres: “no, gracias”.

Cierro el sarcasmo con la siguiente reflexión: ¿de veras alguien cree que se mejora la educación regalando portátiles a los alumnos?

24 de abril

Hace unos años me aficioné a jugar a un juego de ordenador llamado Sim City 2000. Era algo que enganchaba desde el primer clic. La base era muy sencilla: se trataba de ponerse en el lugar de un alcalde de una ciudad apenas nacida, y asumir la obligación de hacerla prosperar. Un reto que nunca resultó fácil, pero sí apasionante. Empezabas con una determinada cantidad de dinero para invertir en infraestructuras y servicios, y podías asimismo delimitar zonas para el crecimiento industrial, comercial o de viviendas. Por supuesto, existían maneras para recuperar el dinero y mantener el nivel de servicio y de mantenimiento, pero la principal eran los impuestos.

La principal dificultad era el crecimiento de la ciudad. Conforme se hacía más grande, la cantidad de recursos que se necesitaban aumentaba en proporción, y todo seguía una progresión geométrica. Por supuesto al aumentar la población también aumentaba la cantidad recibida de los impuestos, por lo que los proyectos públicos podían ser más ambiciosos. No obstante siempre me pasaba lo mismo. Imaginemos que me proponía como objetivo edificar un gran aeropuerto para incentivar la industria. Eso suponía un gasto muy rápido de recursos, por lo que me quedaba dos opciones: o reducir la calidad y mantenimiento de los servicios, o aumentar los impuestos (y multas de tráfico, autorizar una base militar, legalizar el juego…). Aún así, mantener el balance entre el dinero entrante por los impuestos y el gasto era casi imposible.

Como yo era un gobierno ilustrado y preocupado por el bienestar de mis Sims, no quería negarles ningún servicio, y como me guiaba por las encuestas de popularidad del periódico, tampoco quería subir los impuestos. Pero la situación no era tan desesperada, puesto que podía endeudarme emitiendo bonos (una especie de préstamo en el juego). No obstante tampoco era tonto, y solía imponerme un límite a mi propio endeudamiento, para que cuando mi gran proyecto del aeropuerto fuese completado pudiese recuperarme con rapidez: digamos el 3%, por poner una cifra. Por desgracia siempre ocurren imprevistos, y me mentía a mi mismo al cambiar una y otra vez mi margen autoimpuesto. Todo por la felicidad de mis Sims, que siempre rozaba el 90%. Al final me daba cuenta de la cifra de la deuda acumulada en las continuas emisiones de bonos, y mi ciudad se volvía insostenible. No me quedaba más remedio que elevar los impuestos, al principio poco, después mucho más de lo aceptable para mis ciudadanos. Esa panda de desagradecidos empezaban a no ser felices, a pesar de mi aeropuerto y de los excelentes servicios que les daba: no entendían que todo lo hacía por ellos.

Mi ciudad empezaba entonces a menguar. Con menos ciudadanos había menos dinero de impuestos, y para mantener las infraestructuras debía cobrarles más. La calidad de los servicios bajaba, puesto que para evitar un mayor endeudamiento debía recortar gastos. Los Sims, ingratos, me echaban de la alcaldía. Yo les dejaba una ciudad pequeña, con servicios malos, y totalmente endeudada.

Mi hermana también jugaba al SimCity. Nunca se preocupó por la felicidad de sus ciudadanos, sólo por que las cosas funcionasen. Sólo invertía en infraestructuras que se pudiera permitir y siempre poniendo límites al gasto, y no pensando en una posible deuda, aunque sin dejar de tener en cuenta que pudiese darse. Por eso siempre dejaba una reserva de como mínimo mil “simoleones”, por si acaso. Aunque a veces aumentó los impuestos para construir aeropuertos, nunca emitió bonos. Sus ciudades no paraban de crecer, tenían buenos servicios y a pesar de no tener un nivel de felicidad superior al 90%, siempre conservó el cargo mucho más tiempo que yo.

Esto es lo que los niños aprenden sobre la deuda pública gracias al SimCity.

31 de marzo

Me animo a escribir un artículo que no generará ningún flame, pero lo escribo igualmente. Es tan sólo una reflexión sobre un fenómeno que suele repetirse de vez en cuando y que a mi parecer destroza más que arregla. Me refiero a esas huelgas de empresas públicas que ya tienen unas condiciones de trabajo más que aceptables.

No quiero herir sensibilidades. Si existe una situación de abuso siempre queda la protesta legítima, pero hay ocasiones en las que lo ganado va a parar a una estrecha minoría mientras que el resto de trabajadores, incluso los futuros empleados de dicha empresa pública, se ven perjudicados.

Pongamos un ejemplo. Imaginemos que los empleados del metro de una gran ciudad deciden ir a la huelga para tener más días libres y poder disfrutar del fin de semana. Evidentemente tienen todo el derecho del mundo a pedirlo (por pedir que no quede), pero ya de entrada generan un cierto malestar: las empresas de base pública suelen tener mejores condiciones que la empresa privada, pues han de servir de ejemplo. Evidentemente ir a la huelga en el caso del metro tiene numerosos efectos colaterales en la vida de la gente común (retrasos, problemas laborales, cabreo matutino y vespertino…), y además puede que el común de los mortales no entienda que se deba mejorar lo que de entrada ya parece bueno (vacaciones, sueldo fijo, descuentos, etc…). La empresa se aprovecha de estos efectos para efectuar un pulso con los sindicatos, que, como su empleo nunca está en peligro, no tienen nada que perder (ya sabéis quién pierde siempre).

Una vez conseguido (o no) el objetivo de la huelga se habrá mejorado la situación laboral de los empleados fijos de una empresa. Para compensar las mejoras de este personal el siguiente paso lógico para no perder dinero será subcontratar servicios o sencillamente reducir el número de empleados fijos, con lo que conseguimos pan para los de hoy y hambre para los que vendrán más tarde. De forma incomprensible, a los sindicatos se la trae más que floja ( es curioso que en la situación de crisis y EREs continuas los sindicatos estén tan satisfechos del trabajo hecho).

¿Es que acaso soy antihuelga? No digo en ningún momento que se deba dejar de protestar por situaciones abusivas. Lo que sí hay que hacer es obrar de forma responsable, precisamente porque las empresas públicas deben dar ejemplo. Ya sé que dirán que no todas las empresas de servicios públicos son públicas, pero cabe preguntarse: ¿no será que la mala praxis en la administración crea un clima propenso a las privatizaciones? ¿es que soy el único que sintió vergüenza por la huelga de los funcionarios de justicia? La responsabilidad (prefiero no usar la palabra “culpa”) no es tan sólo de los gobiernos, sino de los trabajadores que sostienen el país con su trabajo. Sí señores, he dicho que la responsabilidad de sostener un país es de todos. Hay que quejarse cuando las cosas no van bien, es más, hay que exigir unos servicios públicos a la altura del país que queremos ser; pero siendo coherentes y buscando mejorar la situación y no ir con la mentalidad de “después de mí, el diluvio”.

Seamos realistas. Si este país funciona es por la gente que sigue dando el callo, y aguanta estoicamente despidos improcedentes, corrupción desbocada, políticos ineptos y brindis al sol. El día que nos cansemos se va todo esto a pique, pero eso no pasará. Tenemos esa responsabilidad y nosotros no somos como esa gente que dice que nos va a salvar pero luego son tan sólo palabras.

14 de enero

¿Qué pasa en Madrid?

Lo pregunto desde Barcelona, sin acritud ni mala intención. Tan solo lo digo por la sorpresa que me produce ver la capital del Estado como si se tratara de Carson City.

Al leer las últimas noticias que van apareciendo en los periódicos sobre tiroteos, mafias, corruptelas… No es esa la sensación que  me llevé en la última visita que hice. Creía que era una ciudad moderna, abierta, mejor en algunos aspectos que Barcelona, sin excesivos problemas exceptuando los propios de la gran ciudad que es.

Todo empieza con el “Balcón de Rosales”, discoteca en la que muere un chico. Pero no por accidente, sino porque sí, porque al de seguridad le dió la gana de desfogarse. Esto destapó el descontrol sobre los elementos que controlan la seguridad del ocio nocturno de la capital, donde no se exige titulación, ni la etiqueta de Anís del Mono, para ejercer.

Pasó el tiempo y acabó sucediendo lo que suele pasar con las noticias de impacto: las olvidamos y pensamos que quien corresponde ya ha solucionado el problema. ¡Entonces sucede un tiroteo en la puerta de una discoteca! ¡Como si fuese un episodio de CSI! Al leeerlo en la prensa me sorprende descubrir que existe todo un entramado de crimen organizado. Se ve que hay una lucha de poder entre dos clanes mafiosos: los Búlgaros y los Miami. Sí, esos que supuestamente contrató una bióloga para apalear a un basurero. Alucinante.

Pero no se vayan, que aún hay más. Según el diario El País. (sí, yo también pensé que el artículo era sobre la serie “Sin tetas no hay paraíso”).

Todo está relacionado con la operación Guateque, ese proceso que condenó a altos cargos del ayuntamiento por corrupción. Uno de los presos por el caso escamoteó un teléfono móvil en la cárcel desde donde daba instrucciones a un “capo” de la droga local. Inconcebible.

Para rematar la faena, unos sicarios mataron a un jefe de un cártel mejicano de la droga en una habitación de un hospital de Madrid, ¡Usando pistola con silenciador! Madrileños, ¿es esta una exageración de la prensa? Porque la imagen que me estoy formando de la noche de vuestra ciudad no es canalla como Sabina, sino criminal como los Soprano.

El pitjor d’aquesta febre en favor del ateisme és el seu caràcter evangelitzador. Fins ara els únics que volien convéncer per mitjà de la brasa sistemàtica de la idoneïtat de les seves creences eren els testimonis de Jehovà. A partir d’ara podrem veure ateus ben vestits trucar a casa nostra per repartir pamflets on s’expliqui, amb tot luxe de detalls, la no-existència de déu.

L’ateisme s’ha de viure amb naturalitat, com les hemorroides o portar barret. No fa falta que tothom sàpiga que tens aquesta tendència si no és per motius estètics. Queda molt intel.lectual progresista dir que no creus en déu, però molt em temo que aquest no és un pensament suficientment reflexionat en el cas que ens ocupa. No cometré ara l’error de donar la meva opinió personal sobre la qüestió, doncs crec que no ve al cas, però sí diré que l’exhibicionisme de creences no m’ha agradat mai. Trobo que la religió radical sol ser el “fast food” dels qui no volen pensar massa i prefereixen trobar-ho tot fet; i per tant tampoc crec que un grup de creences tan heterogènies com és l’ateisme s’hagi de representar com un grup cohesionat.

Com sempre, ha faltat poc temps per a que algú s’autoproclami representant dels ateus catalans i, amb molta prepotència, gosi dir coses en nom d’un col.lectiu que és format precisament pels qui no pertanyen a un grup definit. Jo mateix podria proposar-me com el representant d’una majoria silenciosa que fins ara ha estat menyspreuada, però que irònicament és molt nombrós: aquells que no han tingut mai un compte secret a les illes caiman. Som llegió i  a més exigim que es respecti la nostra opció vital de no haver invertit amb el senyor Madoff.

En definitiva, una altra excusa per aquells que no tenen manera de destacar més que fugint d’estudi. Una qüestió així es pot tractar així: o bé podem generalitzar i descontextualitzar, o bé podem analitzar i reflexionar el que implica dir quelcom en veu alta. Com va dir aquell savi: “de las veces que hablé me arrepentí luego muchas, de las que callé ninguna”.