25 de septiembre ,

Dos no discuten si uno no quiere, pero dos no negocian si uno no quiere. En el problema del encaje de Catalunya en España hay dos actores, ergo, las instituciones catalanas y las instituciones españolas; estas últimas, especialmente degradadas a ojos de los catalanes después de temas como el Estatut del 2006 y el bilingüismo.

La tercera vía debe ser un ofrecimiento de las instituciones españolas, no una reclamación de las catalanas. Si no, corremos el riesgo de que digan “sí, sí” y luego el Congreso o los Tribunales digan “no, no”, y todos hayamos perdido el tiempo. Por este motivo, la mayoría de los catalanes recelan de estos planteamientos.

Para la federación de dos estados, ambos participantes deben ser eso mismo, estados, y entonces negociar un tratado de federación. En un proceso de secesión es absurdo plantear una federación, ya que al fin y al cabo es un paso posterior a la independencia, no un sustituto. Por ello, los que están a favor de la tercera vía deberían estar a favor de la independencia de Catalunya (y el resto de comunidades que lo deseen), si acaso, enmarcado en un proceso de federación impulsado por el estado español.

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21 de septiembre
18 de septiembre ,

No está bien que unos radicales españolistas peguen a la gente en un acto en la Blanquerna, no está bien que unos radicales catalanistas peguen a Rosa Díez en la Autònoma. No está bien que salgan niños en la tele defendiendo la independencia porque se lo han dicho los padres, no está bien que salgan niños en la tele defendiendo la unidad de España porque se lo han dicho sus padres.

No está bien machacar constantemente a los catalanes para posicionar a la sociedad española contra la independencia, no está bien machacar constantemente al resto de españoles para posicionar a la sociedad catalana a favor de la independencia. No está bien decir que Artur Mas es un nazionalista, no está bien decir que el gobierno del PP es fascista.

No está bien poner un aeropuerto en Castellón, no está bien poner un aeropuerto en Lleida. No está bien hacer caso a Marhuenda, no está bien hacer caso a Rahola. El tema es serio y se está desbordando. ¿Podemos tener ya un debate razonado y dejar tranquilo al hombre de paja? A todo aquel que use un incorrecto para tapar otro incorrecto, bueno… “¡y tú más!”

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9 de junio
Comentarios desactivados en ERC guanyaria les eleccions, imputats pel setge al Parlament, i canvis en el codi de circulació. En castellano

Comentem l’enquesta del Periódico que diu que ERC guanyaria unes eleccions a Catalunya, l’Audiencia Nacional confirma les imputacions de participants del setge al Parlament, i repassem els canvis que hi haurà en el nou codi de circulació.  

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13 de mayo ,

Estos días he estado reflexionando sobre la legitimidad y la legalidad de un proceso de independencia. He llegado a la conclusión de que, si aceptamos la democracia, ningún argumento tiene valor por encima de éste: ¿es un pueblo soberano sobre sí mismo? Si un pueblo desea reorganizar sus leyes, pero no se le permite, ¿es un caso de secuestro institucional? Reflexionen un segundo. La pregunta tenía trampa, me estaba referiendo al pueblo portugués, a su proceso de independencia de 1668, y posteriormente al Español, en 1814. ¿Cuál decían que era su respuesta? ¿Deberíamos ser los peninsulares todavía romanos o franceses porque lo éramos en algún momento de la historia?

El derecho de autodeterminación de una región consiste en decidir cómo organiza sus administraciones y a quién reconoce como autoridad. Éste no interfiere con el de ningún otro ciudadano de otra región, es decir, si Cataluña es independiente, un navarro no pierde derechos, igual que una España independiente no afecta a un francés o un portugués. Si acaso, la independencia de una región rica provoca un desajuste económico en el resto, pero ese argumento no es válido: ¿deben entonces sólo independizarse los pobres? De nuevo, es cuestión de derechos colectivos.

Pensemos lo siguiente; ¿debe un gallego–por poner un ejemplo que se escape del típico Madrid–decir a un catalán a qué estado debe pertenecer? ¿Y el resto de españoles? ¿Y un alemán? ¿Un etíope? ¿Dónde ponemos esa barrera? Ya ven a donde estoy intentando llegar. El principal afectado por la pérdida de riqueza en un proceso de independencia es el Estado original. Éste intenta defender que el pueblo independentista debe seguir perteneciendo al estado en cuestión, usando como argumentos el nacionalismo y el statu quo. Pero ampararse en un documento redactado en 1978 para negar derechos no excluyentes es una clara imposición. El mundo cambia, y los papeles deben actualizarse cuando impiden el ejercicio de la democracia. Un Estado en su conjunto sólo es soberano sobre sus regiones si éstas lo aceptan así; es como funciona la autoridad. La unión sólo hace la fuerza si todos los miembros reman en el mismo sentido de forma voluntaria. Si no, es tan sólo una ilusión ficticia y desigual, como si llamáramos unión al collar que usamos para pasear el perro.

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24 de abril ,

Ayer celebramos en Catalunya el día de Sant Jordi. Es un día especial que, si tenemos la suerte que cae en día laborable, llena los centros de nuestras ciudades de tenderetes de libros y de rosas. Y mucha gente paseando, mirando, y comprando. La tradición dice que los hombres regalan una rosa a las mujeres. Y éstas, un libro a los hombres. Por aquello de la igualdad, cada vez más mujeres regalan libros a su pareja.

En el caso de las rosas es habitual que las vendan, a parte de las floristerías de toda la vida, vendedores gitanos, paquistaníes y autóctonos en busca de un jornal. Las venden tambien asociaciones culturales, deportivas o benéficas de todo tipo para ayudar a financiar sus actividades regulares. Y los niños. Hay muchos niños vendiendo rosas. Para pagarse, al menos en parte, el viaje de final de curso. Supongo que lo hacen guiados por las escuelas, que les quieren enseñar lo que es la cultura del esfuerzo. Pero, ¿es esto educativo? ¿Enseña algo positivo vender flores para pagar un viaje de fin de curso?

Que haya niños vendiendo rosas por la calle no creo que pueda llamarse trabajo infantil. Como tampoco lo es la venta de números de lotería para pagarse tambien un viaje. Quizás deberíamos llamarlo por otro nombre. Se parece más a la mendicidad, ¿no? Si los niños tienen que trabajar me parece más razonable que hagan pequeños recados para la família (si los abuelos están en buen estado pueden ser una mina) o pasear perros. Pero vender rosas o lotería me parece más parecido a la mendicidad. Si vendieran pañuelos de papel para poder comer, tendríamos claro lo que está pasando. ¿Aceptamos con naturalidad que vendan flores para un viaje? Por mi parte, he escogido la rosa que he comprado teniendo en cuenta quien la vendía. Tener estos principios me ha costado exactamente 2 euros de más.

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1 de diciembre

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Comentamos el resultado de las elecciones catalanas, profundizando en las diferentes interpretaciones que se han hecho desde los medios, si los recortes ha influido en el resultado, qué ha pasado con las encuestas, y la irrupción de las CUP en el parlamento

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10 de noviembre
Comentarios desactivados en El CEO dóna majoria absoluta a CiU, Catalunya fora de la UE, es cancel.len les inversions al País i estudi sobre Nobel i xocolata En castellano

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El CEO publica una enquesta que dóna la majoria absoluta a CIU, les darreres informacions afirmen que una Catalunya independent quedaria fora de la UE, ens preguntem si val la pena Europa o es pot emular amb lleis similars i tractats, Espanya deixa de fer inversions a Catalunya amb la excusa d’un possible independentisme, i finalment un estudi correlaciona ingesta de xocolata per països i premis Nobel.

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29 de septiembre

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El Parlament resol avançar cap a un referèndum d’autodeterminació, ens preguntem què passaria si, en un cas hipotètic, Catalunya decidís no pagar el seu deute, el PSC renuncia a fer primàries just quan Tura afirma que s’hi presentaria, parlem sobre diferents escenaris a les eleccions anticipades i acabem amb un estudi que demostra que la gent defensa allò que creu que ha afirmat anteriorment, encara que no sigui veritat.

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21 de septiembre ,

Antes de nada, quiero dar las gracias al lector por el simple hecho de dedicar su tiempo a leer este texto. Estoy escribiéndolo con la intención de explicar la situación del conflicto entre Cataluña y España desde un punto de vista que quizá no coincida con el que el público está acostumbrado.

He escrito este artículo como respuesta a las maravillosas críticas —que no necesariamente positivas— que recibí del anterior, El gato de España. Aquél trataba el problema desde un punto de vista identitario y de derechos, usando una metáfora para expresar el sentimiento percibido por los catalanes de que “Cataluña no es España”. Considero que sigue siendo vigente, pero reclama un análisis más profundo.

Por ello, este texto es diferente, mucho más largo y filosófico. Está enfocado desde una perspectiva extremadamente defensiva pero pedagógica, con un desarrollo escalonado, extenso, y con el objetivo de hacer llegar paso a paso la percepción del problema catalán al lector, por muy reacio que sea de base a estos planteamientos. Entiendo que hay muchos prejuicios por ambas partes pero considero que el lector de este blog está abierto a nuevas perspectivas y aprecia que se le trate como un adulto razonable. Espero que sea bien recibido.

Voy a empezar sentando las bases del diálogo, partiendo de la base que, aunque hechos sólo hay uno, verdades hay muchas, y aunque sean contradictorias todas pueden ser verdad. Hemos de aceptar que podemos estar equivocados, no por ser poco inteligentes, sino por estar condicionados por la falta de información.

La comprensión del otro punto de vista es la clave para tomar una decisión razonada, y en este conflicto hay intereses para desinformar a ambos bandos. También es muy importante aceptar la posibilidad del propio error y estar abierto al cambio de perspectiva e incluso el cambio de opinión.

El cambio de posición en la cuestión independentista

Insisto en la importancia de conocer ambas perspectivas, ya que soy el primero que he cambiado de posición y de argumentación varias veces. Sin ir más lejos, hace unos cinco años estaba en contra de la independencia. Hace diez, estaba en contra del derecho a decidir. Es algo que ahora me parece increíble, pero gracias a ello, creo que puedo contribuir a llegar al lector más reacio a aceptar estos planteamientos, utilizando argumentos precisos y adaptados al lenguaje y el contexto al que pueda estar acostumbrado.

Igual que he cambiado de posición gracias al diálogo, escribo este artículo con la intención, ya no quizá de que el lector cambie de opinión, pero sí para fomentar el pensamiento y la apertura a una visión nueva.

Para empezar, es absolutamente necesario aceptar que hay un problema muy importante con las relaciones entre Cataluña y España. Desde algunos sectores se intenta minimizar o incluso negar, utilizando argumentos demasiado simplistas y que rompen el debate.

Cuando un millón de personas, aproximadamente, se manifiestan a favor de algo, todo aquél que los trate condescendientemente de infantiles, manipulados o borregos está cometiendo un gravísimo error. Uno puede ser más inteligente o menos inteligente que la media de la población, pero de ninguna manera se puede despreciar una manifestación que moviliza al 15% de la población, algo inaudito en nuestro país.

Es necesario, pues, que todo aquél que se disponga a opinar conozca los motivos de ambos bandos. Y, en segunda instancia, que utilice aquellos argumentos que le ayuden a difundir sus ideas con mayor eficacia.

Hay aún otro hecho que puede ayudar a entender la dimensión del problema a la gente que vive fuera de Cataluña y no lo percibe como tal. Hace unas líneas he comentado que mi posición con respecto a la independencia ha variado con el tiempo. Pues bien, la cuestión independentista es un tema recurrente en las conversaciones cotidianas en Cataluña y, como tal, todo el mundo da su punto de vista. A veces sucede que una persona asume que su posición estaba condicionada por una serie de prejuicios, argumentos débiles, o sencillamente se siente más atraída por los motivos del otro bando y cambia de posición.

Pues bien, en Cataluña, este cambio de posición se suele producir en un único sentido, el de la aceptación del derecho a decidir, y muchas veces incluso la reclamación de un Estado propio, lo que se conoce como independencia. Muy pocas veces un independentista pasa a opinar que Cataluña no debería ser independiente.

¿Por qué sucede así? Principalmente, muchos ciudadanos llegan a Cataluña con una serie de preconcepciones, y acaban descubriendo con el tiempo que no son ciertas. Hay que entender que es difícil opinar con conocimiento de causa si no se vive en Cataluña.

Tampoco es debido a la educación, el llamado “argumento del adoctrinamiento”, ya que muchos adultos que cursaron sus estudios en el resto del territorio también aceptan esta visión. Recientemente, poblaciones con una fortísima inmigración, poco integradas en la sociedad catalana, y que por tanto no hablan catalán o consumen medios de comunicación en catalán, deciden aceptar la independencia como solución. Y es que la independencia no es un problema, es una solución, y así lo intentaré explicar en este texto.

Para entender la situación hay una segunda clave, muy importante. Aunque no se quiera aceptar desde algunos sectores de España, los ciudadanos de Cataluña cada vez se sienten menos españoles. No entraré en usar adjetivos como maltrato, expolio, u otros que circulan por algunos artículos. Creo que no ayudan al entendimiento. Es más sencillo afirmar que un catalán no se siente español porque no se ve representado por el gobierno de su Estado.

Me permitiréis citar al refranero popular con “cuando el río suena, agua lleva”. Es necesario tener este debate, y es deseable que ambas partes escuchen los argumentos en vez de descartar las opiniones de los demás por considerarlas manipuladas o adoctrinadas, sin haber previamente analizado si esas razones son legítimas o no.

Muchos catalanes y muchos españoles están cansados de este debate, considero, porque sus argumentos son reduccionistas y no llegan al rival. Cuando defendía mi postura no independentista, estaba harto de escuchar “Cataluña no es España” sin más, y asumía que no era cierto “porque lo pone en tu DNI”. Hoy día, rechazo ambos argumentos por pueriles, pero admito que los dos son verdad.

Éstos reflejan un problema más profundo, la falta de entendimiento y la poca propensión a comprender las ideas del otro. Por ello es imprescindible lanzar por la borda todas las afirmaciones dogmáticas, ciertas o no, verdades o no, dejar de repetir consignas demasiado sintéticas, y explicar el problema tal y como es.

Para ello, me ha ayudado mucho mantener durante los últimos quince días unos debates muy interesantes por Twitter con algunos lectores y oyentes que repetían consignas de este tipo. En cualquier otro momento, las hubiera ignorado, por simples, o hubiera replicado con otra simpleza. Pero la situación es ya irreversible, y pienso que todos debemos contribuir al entendimiento mutuo. El uso de un argumento simplista implica, creo, el desconocimiento del problema de fondo. Una persona que realmente entiende qué representa la independencia no cita como problemas la liga de fútbol, las pensiones o el DNI. Todos ellos son cuestiones que se encargarán de resolver los técnicos, de la misma forma que se resuelven los acuerdos internacionales.

Para empezar, muchos ciudadanos españoles no comprenden este sentimiento independentista, ya que su relación con los ciudadanos catalanes es buena. Yo me incluyo en este grupo; mi relación a titulo individual siempre ha sido buena. El problema es que el individuo es benévolo, pero el colectivo no lo es. Hay una percepción de que el gobierno del Estado español no trata como corresponde al ciudadano catalán.

Es importantísimo hacer un pequeño alto en el camino para reflejar de que hemos llegado a la clave de todo el problema, el motivo último, la fuente del conflicto. Si alguien deja de leer en este punto, por favor, quédese con esto: Cataluña quiere la independencia porque no se siente representada en el Estado español. Este concepto, que se percibe como una falta de soberanía por parte de los catalanes, es el que provoca el sentimiento llamado de “desafección” con España; en realidad, se trata de un problema de falta de representatividad política.

Entiendo también que algunos actos de la población catalana, representada por su Parlamento, pueden entenderse como egoístas, prepotentes o despectivos de cara al resto del Estado. No voy a minimizarlos; pero he decidido no extenderme aquí porque mi objetivo es llegar al lector del Estado español, y no aportaría nada explicarle cosas que ya sabe. Pero, que no quepa duda, lo tengo presente, y no los apoyo. Aun así, considero personalmente que no son equiparables en gravedad a los expuestos aquí.

Falta de representatividad y esclavos de las leyes

Antes de seguir tenemos que entender en que consisten la soberanía y la representación. La representación se basa en el principio político de que los que gobiernan están al servicio del ciudadano, y así lo han de reflejar las leyes. Sin embargo, en nuestro país, el gobierno central no realiza la labor de defensor de sus regiones, ni siquiera de mediador imparcial, de juez. El Estado central es un ente que sólo vela por sí mismo, por su autosustentación, a costa de las regiones.

Lo que el Estado español no ha entendido es que no es soberano respecto a su pueblo, sino al revés. Es la ciudadanía quien escoge a sus gobernantes, la que los pone y los quita. Cuando parte de la población reclama algo, sea lo que sea, espera ser escuchada y por lo menos iniciar un debate, pero en su lugar se ve ninguneada por sus gobernantes, usando la legislación actual como excusa.

La legislación debe estar al servicio del ciudadano, y no al revés. Nuestra Constitución necesita una profunda revisión para adaptarla a la realidad española actual, pero en vez de ello, los gobernantes se obcecan en izarla como si fuera una bandera, un ídolo, un dios, en vez de ponerla a trabajar como la herramienta que debería ser.

Cuando los ciudadanos son esclavos de sus leyes y sus gobernantes, tenemos un problema.

Para mi análisis, extendiendo el argumento de que el objetivo del Estado actual es la preservación de sí mismo, aprovecharé el conocido argumento “los catalanes se sienten ciudadanos de segunda”.

Pese a ser cierto, encierra una trampa de interpretación, y es que invita a personas de otras regiones a pensar que, si los catalanes, que tienen trenes de alta velocidad e infraestructuras de calidad, se sienten ciudadanos de segunda, ¡qué no se sentirán ellos!

Bien; están absolutamente en lo cierto.

España trata a sus ciudadanos y a sus territorios como elementos de segunda categoría, por debajo del Estado. Lo que es peor, no les representa, sólo se representa a sí mismo. Su cámara territorial, el Senado, se ha convertido en el aparcamiento de cargos políticos obsoletos y constitucionalmente se le ha despojado de todo poder legislativo, para escarnio del modelo democrático.

Animo a todo aquél que no tenga claro qué es el Estado español, qué representa, cuáles son sus instituciones, y cómo sirven estas instituciones al ciudadano, a que invierta unos minutos en navegar por la Wikipedia e informarse. Toda mi argumentación se basa en un mal modelo de Estado; eso no significa que la existencia del Estado sea algo malo, sino que el nuestro no funciona.

El Estado central es el principal fracaso de nuestra democracia. Los ciudadanos, organizados por regiones según la Constitución, se sienten infravalorados, todas ellos, y con razón. Lo vemos día a día, con múltiples protestas y reclamaciones de más democracia.

La cuestión independentista catalana es exactamente la misma reclamación de justicia y libertad universal, sólo que con un factor añadido, que es el sentimiento nacional.

Mientras unas comunidades se sienten infravaloradas y reclaman más representatividad mediante un cambio de modelo de Estado y una reforma de las cámaras representativas, en Cataluña se entiende que la situación no tiene remedio, y la única solución es emanciparse de ese Estado fracasado.

¿Es la mejor solución? ¿Es la única? Sinceramente, lo desconozco, aunque ya conocéis mi posicionamiento. Lo que está bastante claro es que necesitamos reformular el Estado español, y si el Estado no lo permite, precisamente por ese sentimiento animal de autopreservación que ha adquirido, no me parece un mal planteamiento romper con él.

Nuestro Estado español ha perdido el norte.

El nacionalismo

En Cataluña, además, se asocia este intento de preservar el Estado a toda costa con un sentimiento nacionalista español. El nacionalismo español existe, y algunos nacionalistas españoles no son conscientes de su condición. Es más, algunos han llegado a afirmar que el nacionalismo es “un cáncer” o que “se cura viajando”. El nacionalismo, como sentimiento, no es malo. Es el mismo sentimiento de hogar que todos tenemos cuando volvemos a casa después de pasar unos días fuera. Es el sentirse comprendido, representado, perteneciente a un grupo.

El nacionalismo es la diferencia entre el sentimiento que tenemos cuando vemos una actuación de Fiesta Mayor en nuestro pueblo, y cuando lo vemos en otra parte del mundo, donde lo consideramos bonito, pero exótico, que no nos pertenece, mientras que observamos los bailes locales con orgullo y admiración. Es la diferencia entre ver un gran partido de fútbol donde dos selecciones nacionales ofrecen un espectáculo histórico, brillante, pero neutro e inocuo, y ver un partido aburrido en el que nuestra selección va perdiendo pero marca un gol de penalti injusto en el minuto 96 y saltamos de la silla de alegría.

Todo aquél que se haya sentido así en algún momento, a algún nivel, debe sentirse afortunado, porque ha vivido un sentimiento que le proporciona otra herramienta para entender qué es el nacionalismo. Cualquier territorio, ciudad, estado o continente es susceptible de provocar un sentimiento nacionalista, aunque lógicamente serán diferentes.

No es un sentimiento estrictamente útil pero tampoco es malvado ni nos debe nublar la visión.

El nacionalista español debe entender que España es plurinacional. De nada sirve afirmar que España es una única nación, y mantener un Estado fracasado, esperando que así se mantenga la integridad esa nación española, antes que recrearlo con una fórmula exitosa y longeva. Incluso se llega al extremo de atacar a cualquiera que proponga un modelo diferente de organización estatal, especialmente si este nuevo modelo implica la secesión de alguna región. No deja de ser irónico que ambos nacionalistas, en su condición de tales, no sean capaces de aceptar al otro.

El modelo mononacionalista español con el que se redactó la Constitución ha fracasado. Todos los partidos mayoritarios ya lo han reconocido. Para la existencia de una nación sólo se necesita la percepción de su existencia. Es algo similar al concepto de autoridad, sólo existe si todos la asumen. Bien, en Cataluña y Euskadi, al menos —no me veo capacitado para opinar sobre otras regiones— hay concepto de que se es una nación, así que la dialéctica de nada sirve si la visión popular es diferente.

Cualquier ciudadano español podría ser independentista, sólo es necesario que desee la autodeterminación para su territorio como solución al problema del Estado fracasado, en vez de preferir “arreglarlo” de algún modo.

Tanto el nacionalismo como el independentismo, y sus sinónimos, han sido objeto de tantos ataques que han adquirido de forma injusta unas connotaciones muy negativas. Ello provoca que los que se sienten nacionalistas o independentistas se vean agredidos cuando alguien afirma, sin más, que el nacionalismo es “un cáncer” o que los independentistas “quieren romper con todo”.

Me reitero en que respeto por igual ambas opciones, y me gustaría que el lector hiciera lo mismo. Muchos coincidimos en que España tiene un problema, y ambas posturas tan sólo quieren una solución para que, al fin y al cabo, los ciudadanos sean más felices y prósperos.

Algunos ejemplos para justificar el escaso sentimiento español de los catalanes

Lo que nos lleva a la pregunta de por qué los catalanes están descontentos con el Estado español, si al fin y al cabo no están tan descuidados como pueda apreciarse en el resto de España.

Voy a poner algunos ejemplos, que sólo son eso, ejemplos, pero pido que se lean con una mentalidad abierta. Algunos de son difíciles de trasladar a otras regiones, ya que se trata de reclamaciones muy ligadas a la cultura catalana, pero ello no les resta legitimidad.

El primer ejemplo es el del dominio de Internet .cat. Desde Cataluña se pidió a su gobierno estatal que iniciara los trámites para que los organismos internacionales aceptaran este dominio de Internet. El gobierno, por contra, se dedicó a bloquear esta propuesta, alegando que las regiones no podían tener dominios de Internet, sólo los Estados.

¿Por qué no dejó el gobierno que fueran los organismos internacionales quienes decidieran eso? Es más, ¿por qué el Estado español no defendió una petición totalmente inocua y trivial de una de sus regiones? Desde Cataluña, esto se percibió como un ataque a su derecho a estar visible en Internet. ¿Quién tiene razón? No lo sé. Pero mi objetivo hoy no es llegar a una conclusión, sino ofrecer herramientas al debate.

Otro tema similar es el del distintivo regional en las matrículas de los coches. Este ejemplo es todavía mejor, ya que hay otros países europeos cuyas regiones aparecen en las matrículas. El Estado español decidió que las matrículas de nuestro Estado Estado no las llevarían. Desde Cataluña no se entendieron los motivos, y se vio como un intento de hacer la puñeta por parte del gobierno. ¿Lo era? Podría ser, o no. Pero, ¿por qué no se argumentó de forma razonada, en vez de cerrar la puerta sin más?

Si en estos dos ejemplos el causante del conflicto es el Estado central, aquél que antes he criticado por dedicar más recursos a autopreservarse que a representar realmente a sus ciudadanos y a sus regiones, ahora le toca a los ciudadanos que, con pequeños actos individuales, han contribuido a este malestar.

El tercer ejemplo, ya escalando en el grado de importancia, es el boicot al cava catalán.

En el año 2005, un grupo de ciudadanos descontentos con la actitud de los catalanes decidieron iniciar un boicot al cava catalán. Este boicot aún dura hoy día en algunos sectores residuales, pero en aquellos momentos en que la cuerda estaba más tensa y la cuestión se publicitó en los medios de comunicación, los bodegueros catalanes reportaron un descenso de entre el cuatro y el cinco por ciento de las ventas al resto del Estado, llegando incluso a pedir al Presidente del Gobierno que mediara en este asunto para recuperar las ventas.

Es difícil para un catalán comprender por qué un ciudadano de su mismo Estado le perjudica a propósito, con mala fe, y sin ningún beneficio para su persona. No estamos hablando de reclamaciones políticas que tienen diferentes lecturas; se trata de un boicot a un producto de calidad del propio país, del cual los boicoteadores no obtenían ningún beneficio más allá del placer del sufrimiento ajeno.

No entraré a valorar el boicot ni tampoco en las causas que llevaron a algunas personas a realizarlo, porque creo en la libertad individual. Lo que sí me parece justo es afirmar que las decisiones del parlamento catalán no se toman para fastidiar al resto de España, sino por beneficio propio —egoísta o no—, mientras que un boicot no tiene otra justificación que el placer en el dolor ajeno, un dolor que acaba permeando en el boicoteador, ya que la economía catalana y española están comunicadas.

Este hecho marcó a muchos ciudadanos, y en las tertulias de bar, se empezó a escuchar la preocupación por parte de inmigrantes españoles de que su propia familia de otra región había dejado de comprar cava catalán; se entendían los motivos del boicot, pero no se aprobaba que fuera una respuesta racional. Mucha de esta gente empezó a interesarse por el independentismo como solución a un problema que cada vez era más evidente.

El español, que siempre ha mantenido un trato excelente con el catalán a nivel individual, empezaba a comportarse de forma agresiva a nivel colectivo. Ambos territorios empezaban a entrar en una espiral de acción-reacción en la que todo lo que hace el otro se percibe como ataque a la integridad propia.

El cuarto ejemplo es, quizá, el que ha indignado a más ciudadanos catalanes y, como se suele decir coloquialmente, ha fabricado más independentistas. Se trata de la recogida de firmas contra el Estatuto de Autonomía que había aprobado el Parlamento catalán.

Internamente, la ciudadanía catalana ya percibía que su Parlamento había recortado drásticamente el Estatuto antes de su aprobación por el Congreso. De hecho, hubo muchas críticas al Parlament por este motivo. Se consideró un Estatuto descafeinado. Con razón o sin ella, este detalle ayuda a comprender el resto del contexto.

Poco después, el Partido Popular inició una campaña ciudadana por las calles de diferentes ciudades, animando a los transeúntes a firmar “contra el Estatuto de Cataluña”.

De nuevo no cuestionaré la legitimidad de una iniciativa que, no olvidemos, no fue ciudadana sino motivada por un partido político con la intención clara de manipular a su electorado. Lo que no se puede ignorar es que este hecho sentó como un puñetazo en el estómago de la población catalana, que veía como un partido utilizaba su territorio como simbolismo de todos los males, y así fomentar la discordia en el que quizá haya sido el acto más masivo de enfrentamiento entre Cataluña y España.

Cuatro millones de personas, a título invididual, de su puño y letra, habiéndose leído o no el Estatut, firmaron en contra de su aprobación, en un acto absolutamente gratuito que, sin duda, contribuyó a romper España.

El hecho de manipular a la población para que firme en las calles lo que un partido no tiene mayoría para defender en el Congreso, cualquiera que sea el ejemplo, es de un bajísimo nivel moral.

Para que no se me malinterprete, elevo al mismo nivel las manifestaciones por la Guerra de Irak y las del Prestige. Aunque, a diferencia de éstas dos, donde la ciudadanía protestaba contra sus políticos, los firmantes contra el Estatut dirigían su protesta contra un territorio de su mismo Estado y no una resolución de su Parlamento.

El grado de importancia de esta puntualización, de nuevo, queda a criterio del lector, pero en Cataluña no sentó bien. El hecho circunstancial de que fuera el PP quien interpusiera la denuncia no implica que el resto de partidos del Congreso tengan una actitud más respetuosa con la voluntad catalana, así que pido disculpas por abusar en mis ejemplos de este partido.

Un punto de inflexión, el agravio comparativo del Estatut

El Partido Popular, no contento con ello, elevó legítimamente al Tribunal Constitucional algunos artículos del Estatut, considerando que no encajaban en el marco jurídico vigente. Una decisión respetable, añado.

Lo que el Partido Popular no hizo en su momento es denunciar algunos artículos del Estatuto de otra región, cuyo redactado es idéntico letra por letra al catalán, y que por tanto deberían haber sido examinados de igual forma.

La denuncia del Estatuto al Tribunal Constitucional es una herramienta de lucha jurídica cuando un partido está en minoría en el Congreso, intentando conseguir sus objetivos forzando un fallo jurídico a su favor aunque no tengan la mayoría democrática en el Parlamento.

Si en el caso anterior nos encontrábamos de una manipulación de la población para eludir una minoría parlamentaria, ahora nos encontramos con una perversión de la separación de poderes del Estado de derecho, utilizando con fines políticos al Poder Judicial.

Lo que es absolutamente inaceptable es que un partido que aspira al Gobierno del Estado —objetivo que a fecha de hoy ha conseguido— se dedique a denunciar las leyes de un territorio, decidiendo de forma arbitraria y de mala fe no denunciar leyes idénticas de otro.

El tema lingüísico

Ya he hablado sobre el conflicto entre el castellano y el catalán en otras ocasiones, y lo mantengo. Resumiendo; la ciudadanía catalana conoce ambas lenguas gracias gracias a un modelo premiado internacionalmente de normalización lingüística.

Todo aquél que diga que el castellano está perseguido en Cataluña, o bien miente como un bellaco, o sencillamente está desinformado. En el artículo mencionado anteriormente aparecen datos para apoyar este modelo lingüístico, donde se muestra que pese al bilingüismo teórico, no toda la población catalana conoce el catalán, ni lo usa diariamente.

Hoy no es mi objetivo debatir sobre este tema, pero no deja de ser un ataque importantísimo a la parte más esencial de la cultura catalana, que es su lengua. Se ha demostrado que la educación vehicular en catalán no tiene desventajas para el alumno, sólo beneficios. ̉¿Cómo va a ser malo adquirir más conocimientos?

Sin embargo, el Estado español, representado por el alto Tribunal, dictamina que un adulto puede decidir privar a su hijo de una competencia que le es útil, por no decir imprescindible, en su día a día en un territorio donde se hablan dos idiomas. Valoraciones aparte, la consecuencia es que desde luego no es un laude apreciado por la población catalana, consciente de los beneficios para los niños de aprender tres idiomas en la escuela y muy protectora con su lengua.

La población catalana es muy sensible a la cuestión lingüística, y el Estado español ha demostrado continuamente poca sensibilidad al tratarlo, lo que denota una falta de respeto. Todo lector que viva en una zona bilingüe, que las hay y muchas, aunque no salgan por los medios, apreciará la importancia y la riqueza cultural que proporciona no tener uno, sino dos idiomas maternos.

¿Qué ha de ser un Estado y a quién ha de servir?

Me gustaría que se entendiera la diferencia entre los actos que reclaman un derecho para sí mismo, sea extensible posteriormente (o no) al resto de territorios —más soberanía, más dinero, más visibilidad identitaria, uso de la lengua propia— de los que niegan un derecho a los demás, que incluso sería beneficioso o al menos neutral si se aplicara para todos, incluyendo al propio territorio que niega —matrículas, dominios de Internet, autodenominación como nación—.

El Estado tiene la obligación de mediar cuando un territorio realiza demandas que chocan con los derechos del resto de territorios, faltaría más. Personalmente, algunas de las demandas que han salido del Parlamento catalán me han parecido sobredimensionadas o injustas, si llegaban a afectar al bienestar de otras regiones. Pero lo que no es justo es que el supuesto defensor de los territorios que administra se convierta en su principal oponente, de manera sistemática. Da que pensar.

Una representación estatal adecuada es la que toma como propias las proclamas de un territorio, las eleva al panorama internacional, las defiende, y las asume aunque no le beneficie —ni le perjudique—directamente, sino sólo a ese territorio. En España no sucede eso, sino lo contrario; el Estado es tan egoísta que no mueve un dedo por sus territorios. El Estado que queremos los catalanes, sencillamente, es uno que nos represente y nos permita desarrollar nuestra vida cotidiana sin tener que lidiar con fricciones e impedimentos constantes. Un Estado tan sólo es una herramienta. Como todas las herramientas, si no funciona, se debe cambiar.

Me gustaría pedir al lector un pequeño ejercicio e intentara verse representado en los ejemplos que he desarrollado anteriormente, que imaginara en la medida de lo posible cómo se sentiría si fuera él o su territorio el que se viera implicado en estos conflictos. Simpatice o no con la causa, he intentado mostrar que hay motivos suficientes para esta desafección. En este punto del texto creo que ya es innegable.

Así pues, el ciudadano catalán, igual que el ciudadano de cualquier otra región, entiende que el Estado no le sirve a él —ni a sus conciudadanos— sino a sí mismo.

Además, viendo que es objeto de agravios en el trato, laudes legales que atacan a su cultura y la percepción de un cierto rechazo —mayor o menor, pero lo hay— por parte de parte de ciertos sectores ideológicos de su propio país, decide que la mejor solución para unos y otros es desligar su futuro del Estado Español.

No podemos ignorar el problema, alegando que un millón de personas sencillamente están equivocadas, manipuladas u ofuscadas por un odio nacional. Espero que este artículo haya ofrecido suficientes herramientas para entender el punto de vista catalán, aportando al debate dos puntos clave. Si alguno de los lectores no está de acuerdo con alguno de los puntos expuestos, que no lo dudo, le pido sencillamente que tenga en cuenta que hay gente que opina de esta manera, muchos o pocos, y que use ese conocimiento para enriquecer su contexto en este conflicto.

El primero, en ambos bandos hay personas utilizando argumentos que, en mi opinión, no contribuyen al entendimiento, ni siquiera a la solución. Temas como el fútbol, el dinero o el sentimiento visceral pueden ser más o menos importantes, pero no llevan a la raíz del problema.

El quid de la cuestión es el fracaso del Estado de las autonomías por la negación de que España es un Estado plurinacional y, a su vez, la construcción de un Estado cuyo objetivo no es servir al ciudadano, sino preservarse a sí mismo.

El segundo punto consiste en que la independencia, entendida como una herramienta de convivencia, supone ofrecer a Cataluña una estructura de Estado nueva y renovada, sin perjuicio de seguir persiguiendo cambios estructurales que nos lleven a una sociedad más justa y menos corrupta.

Los catalanes somos conscientes de que no por el hecho de tener un Estado propio se van a solucionar nuestros problemas de corrupción, paro o desigualdad social. Pero, como el movimiento 15-M, los sectores de la izquierda socialista o incluso la derecha más liberal, creemos que hace falta un cambio de modelo de Estado. Y que, debido a los problemas de convivencia, innegables, entre el territorio catalán y el territorio español, escogemos la vía de la secesión como herramienta para hundir los cimientos del Estado actual y la construcción de un Estado nuevo. Esta lucha no es incompatible con reclamaciones por un Estado del Bienestar real y la justicia social.

La unión no siempre hace la fuerza, ya que reman más rápido dos barcas pequeñas que una grande, si en la grande cada uno rema en direcciones opuestas.

Pienso sinceramente que la reconstrucción del Estado español, usando como detonante la independencia de Cataluña, recordemos, reclamada masivamente por su ciudadanía y aceptada por su Gobierno en un acto inaudito de revolución ciudadana, puede ser lo mejor que ha sucedido a España como Estado, y a sus ciudadanos a título individual desde la Transición.

Seamos adultos y no hagamos trampas. El Estado español no nos roba, pero tampoco nos representa, ni a los catalanes, ni a la mayoría de los ciudadanos de este país, y es nuestro derecho presentar herramientas para solucionarlo.

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