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Este fin de semana Carlos apareció como invitado en el podcast Dime Tú, de Dani Aragay, donde hablaron en castellano y catalán sobre Dame la voz y algunos temas de actualidad, el Estatut y las diferencias entre España y Suecia.
Podéis escuchar la entrevista aquí o bien descargar el mp3 directamente.
Abrimos con un breve comentario sobre el Club Bilderberg, y luego pasamos a comentar una amplia sección sobre la huelga de funcionarios: el sindicato de funcionarios rompe con CCOO y UGT, Cospedal ofrece el apoyo del PP a los trabajadores, y resumimos un correo de un oyente sobre el estado de los trabajadores públicos.
Después, Julio Gisbert propone crear economías paralelas, Moody’s ataca al Euro y discutimos el caso de éxito de Mercadona.
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Arran d’una entrevista a la contra de la Vanguàrdia parlem sobre freakoeconomia i estadística de pa sucat amb oli, un estudi no pot trobar cap relació entre mòbils i càncer, l‘Ajuntament no pagarà a Indra pel seu sistema de votació electrònica, trobem un estudi on se sintetitzen molècules amb forma humana, la celebració de la lliga a Canaletes acaba a cops de porra i un nen corona l’Everest.
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Medio Ambiente veta un documental sobre costas por no ser de su agrado aunque finalmente rectifica, el PP propone crear un ministerio de la familia, el Parlamento andaluz aprueba la ley de la muerte digna, Corea del Norte ejecuta a su responsable económico y crean una capa de invisibilidad en 3D.
Recordad que podéis enviarnos vuestras parodias o fan-arts por correo. En un mes, aproximadamente, daremos más información.
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Volvemos con las pilas cargadas e inauguramos el 2010 con temas interesantes y un buen debate. Salgado reprocha a Corbacho sus declaraciones sobre la economía sumergida, se restringen los anuncios de estética en horario infantil y el Ministerio de Igualdad distribuye unos posavasos contra la prostitución. El estudio estúpido nos lo trae Ramón y va sobre guindillas y culos.
El último episodio de 2009 lo habéis escuchado 1250 personas. ¡Increíble! Muchas gracias y esperamos al menos que la mitad de vosotros hayáis vuelto este año :)
Sobre el “amigo invisible” para navidades de 2010: conforme se acerque la fecha iremos puliendo los detalles, pero si algo está claro es que exigiremos un mínimo de antigüedad para evitar a los “jetas” que se apuntan a última hora y que no envían su regalo. Por ello os pedimos que vayáis dejando comentarios, y si se nos ocurre (o se os ocurre a vosotros) otra medida de comprobación, avisaremos sobre la marcha. Hay tiempo…
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Como va siendo típico en occidente, y en especial en nuestro maravilloso país, a cada bache económico de más o menos magnitud se manifiesta claramente una adoración (que nada tiene que envidiar a otras religiones) a la persona de John M. Keynes, ovacionado economista. Populacho y políticos por igual le aman y dan por ciertos sin dudar sus esquemas. Y no es de extrañar: según la teoría Keynesiana, la clave de una economía sana es una demanda estable, que no aumente ni disminuya fuera de los equilibrios deseados, garantizando un circular constante del dinero, y todo ello conseguido con la intervención activa del gobierno. Qué político se opondría a la intervención estatal? Y qué político que se precie no podría convencer a una masa a cada día más crédula del bien sin límites que puede hacer el Gran Administrador?
Y la realidad, que esté quietecita y no estorbe, que callada está muy guapa.
Por una de esas bromas del destino que tanto le gustan al Altísimo, lo que debiera haber acabado siendo una aproximación de cierta valía y a corto plazo de la economía clásica se exaltó de tal forma que ahora ocupa su lugar al lado de Imagine y Una Verdad Incómoda como pilares fundamentales de la civilización modernilla. Y pobre del que niegue sus verdades!
Pero como dijo aquel, no he venido a adorarle sino a enterrarle. La ironía de la situación histórica en su globalidad es tan dulcemente deliciosa que hasta daría pena desmontarles el sueño a ciertas personas. Por… suerte? la mayoría de ellos ya han pasado el horizonte de sucesos de la lógica, y nunca más saldrán de él para darse cuenta de su error, se diga lo que se diga y pase lo que pase. Así que el circo va a continuar, aunque se les acabe cayendo la carpa encima.
Y es que sus premisas básicas ya se agujerean con solo pensar un poco. Demanda. Circulación. Control. Esas son las palabras clave para un keynesiano, las que gobiernan todo lo demás y lo atan en las tinieblas. Nada importa, excepto garantizar que la demanda no se reduzca (como pasa en una desaceleracion/recesion, por ejemplo), que no aumente (como en expansiones fuertes o booms), fijando el flujo de dinero mediante control monetario descarado.
Y qué contrasentido es poner la demanda por encima de todo. No negaré que el así llamado consumo, la demanda de los productos es una parte imprescindible de la economía (vamos, que si nadie compra nada, mal vamos). Tampoco se puede negar que tiene un gran efecto de feedback sobre la oferta y la producción, como bien dicen las leyes clásicas del mercado. Pero pretender que la demanda es el único factor relevante, y aún más, identificarla como “variable de control” que se hace variar a voluntad para regular el sistema es, no solamente estúpido, sino también un error.
Se puede ilustrar muy fácilmente porqué la demanda no debe ser glorificada en macroeconomía con un pequeño ejemplo. Bueno, pequeño no, pero ejemplo sí.
Abrimos con una reseña sobre la parte artística de Hitler para luego hablar, cómo no, de las cifras de paro, recordando la promesa de «Nunca superaremos los 4 millones de parados», promesa que se ha ampliado a cinco, por si las moscas.
Aprovechamos la ocasión para repasar un reportaje de El País titulado «Niño, el dinero no salía gratis del cajero» de donde sale una discusión interesante sobre consumismo y felicidad. En la parte sobre cine español, Pocoyó y sus espectaculares cifras de beneficios, y cerramos el programa con la agresión de Pepe a Casquero.
Podéis escuchar el programa desde el reproductor que hay en la sección derecha, o bien bajar el fichero mp3 desde aquí. Si estáis de buenas, os agradeceremos que os apuntéis a nuestro grupo en Facebook o nos dejéis un comentario en iTunes, caso de que uséis estos servicios.
Hace unos años me aficioné a jugar a un juego de ordenador llamado Sim City 2000. Era algo que enganchaba desde el primer clic. La base era muy sencilla: se trataba de ponerse en el lugar de un alcalde de una ciudad apenas nacida, y asumir la obligación de hacerla prosperar. Un reto que nunca resultó fácil, pero sí apasionante. Empezabas con una determinada cantidad de dinero para invertir en infraestructuras y servicios, y podías asimismo delimitar zonas para el crecimiento industrial, comercial o de viviendas. Por supuesto, existían maneras para recuperar el dinero y mantener el nivel de servicio y de mantenimiento, pero la principal eran los impuestos.
La principal dificultad era el crecimiento de la ciudad. Conforme se hacía más grande, la cantidad de recursos que se necesitaban aumentaba en proporción, y todo seguía una progresión geométrica. Por supuesto al aumentar la población también aumentaba la cantidad recibida de los impuestos, por lo que los proyectos públicos podían ser más ambiciosos. No obstante siempre me pasaba lo mismo. Imaginemos que me proponía como objetivo edificar un gran aeropuerto para incentivar la industria. Eso suponía un gasto muy rápido de recursos, por lo que me quedaba dos opciones: o reducir la calidad y mantenimiento de los servicios, o aumentar los impuestos (y multas de tráfico, autorizar una base militar, legalizar el juego…). Aún así, mantener el balance entre el dinero entrante por los impuestos y el gasto era casi imposible.
Como yo era un gobierno ilustrado y preocupado por el bienestar de mis Sims, no quería negarles ningún servicio, y como me guiaba por las encuestas de popularidad del periódico, tampoco quería subir los impuestos. Pero la situación no era tan desesperada, puesto que podía endeudarme emitiendo bonos (una especie de préstamo en el juego). No obstante tampoco era tonto, y solía imponerme un límite a mi propio endeudamiento, para que cuando mi gran proyecto del aeropuerto fuese completado pudiese recuperarme con rapidez: digamos el 3%, por poner una cifra. Por desgracia siempre ocurren imprevistos, y me mentía a mi mismo al cambiar una y otra vez mi margen autoimpuesto. Todo por la felicidad de mis Sims, que siempre rozaba el 90%. Al final me daba cuenta de la cifra de la deuda acumulada en las continuas emisiones de bonos, y mi ciudad se volvía insostenible. No me quedaba más remedio que elevar los impuestos, al principio poco, después mucho más de lo aceptable para mis ciudadanos. Esa panda de desagradecidos empezaban a no ser felices, a pesar de mi aeropuerto y de los excelentes servicios que les daba: no entendían que todo lo hacía por ellos.
Mi ciudad empezaba entonces a menguar. Con menos ciudadanos había menos dinero de impuestos, y para mantener las infraestructuras debía cobrarles más. La calidad de los servicios bajaba, puesto que para evitar un mayor endeudamiento debía recortar gastos. Los Sims, ingratos, me echaban de la alcaldía. Yo les dejaba una ciudad pequeña, con servicios malos, y totalmente endeudada.
Mi hermana también jugaba al SimCity. Nunca se preocupó por la felicidad de sus ciudadanos, sólo por que las cosas funcionasen. Sólo invertía en infraestructuras que se pudiera permitir y siempre poniendo límites al gasto, y no pensando en una posible deuda, aunque sin dejar de tener en cuenta que pudiese darse. Por eso siempre dejaba una reserva de como mínimo mil “simoleones”, por si acaso. Aunque a veces aumentó los impuestos para construir aeropuertos, nunca emitió bonos. Sus ciudades no paraban de crecer, tenían buenos servicios y a pesar de no tener un nivel de felicidad superior al 90%, siempre conservó el cargo mucho más tiempo que yo.
Esto es lo que los niños aprenden sobre la deuda pública gracias al SimCity.
Si seguís el programa —¡mañana grabamos! ¡volved el domingo a escuchar el programa!—, sabréis que hablamos mucho de economía. A veces, incluso más de lo que nos gustaría. Pero en los tiempos que corren es muy necesario explicar qué está pasando en el mundo, por qué se dice que hay crisis y cuáles son sus consecuencias. Dame la voz intenta no sólo ser un debate entre amigos sino también divulgar sobre aquellos temas que no suelen estar demasiado claros en la vida real.
Yo acostumbro a poner siempre el mismo ejemplo: el de los tipos de interés. Me apuesto un huevo y parte del otro a que habéis escuchado alguna vez en un telediario la frase «suben los tipos de interés». Ahora no me apuesto nada, pero estoy convencido de que la gran mayoría de veces el periodista que narra la noticia no se ha parado a explicar qué son o cómo funcionan. No tienen que explicarlo siempre, pero sí de vez en cuando, para recordar a la población que Zapatero no tiene un botón que dice «subir los tipos de interés» y lo va pulsando conforme le apetece.
No es que quiera defender a Zapatero, pero es que aún queda gente por el mundo que se piensa que todo depende del gobierno —el que sea, se entiende—. Si sube el pan, es culpa del gobierno. Si sube la gasolina, también. Si sube el IPC, también. Si sube el paro, también. Curiosamente, si les suben el sueldo siempre es gracias a sus méritos personales, pero eso ya es otra cuestión. (Imagen: Tracy O)
Hay que educar a la población en teoría económica. Es más, si yo puedo entender cómo funciona la economía, cualquiera puede. Como me da igual hablar y pifiarla, voy a intentar explicar básicamente por qué sube el pan o por qué sube la gasolina, con permiso de los economistas presentes en la sala. Si me tenéis que corregir, me corregís, pero por favor no me critiquéis el artículo por ser demasiado básico, porque ese es principalmente su objetivo.
Lo primero que se debe de tener en cuenta son los agentes que controlan la economía. Uno son los bancos, en concreto el Banco Central Europeo. Esta entidad regula los tipos de interés, que es el dinero que cuesta que te presten dinero. Por ejemplo, si pides dinero a tu banco de la esquina y los tipos de interés están al 2% TAE, tendrás que devolver un 2% anual más del que te dieron. A efectos macroeconómicos, si los tipos están bajos se prima el gasto por parte de la población, ya que no sale a cuenta tenerlo en la cartilla y además es barato pedir más dinero.
Muchos aún se asustan cuando descubren que el mundo trabaja con dinero que no existe. Que, por cada euro que tienes en el banco, éste puede trabajar con siete euros —perdón, creo que la proporción es ésta— nuevos. ¡Claro que es así! Si no, la economía estaría estancada. Si por cada persona que pide una hipoteca de 200.000 euros, el banco tuviera que disponer de cuentas corrientes por valor de 200.000 euros, ¡mal iríamos!



