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Aun a riesgo de parecer abuelos cascarrabias, en DLV nos encanta discutir sobre educación, Educación y, en general, observar a la generación venidera. No por mejorar el mundo, como piensan algunos, sino porque en el fondo somos unos egoístas y queremos asegurarnos nuestras pensiones.
En fin, tras debatir largo y tendido sobre las leyes, los modelos educativos y la autoridad en casa, se me ha ocurrido hablar acerca de una práctica que se está extendiendo como la espuma; educar a los niños como si fueran loros, premiándolos con galletitas.
No; a ver, centrémonos. Mi preocupación es que la cuarta parte de los niños tienen sobrepeso, y me gustaría analizar las causas. Hemos pasado de que haya «el gordito de la clase» a que haya «el flaco de la clase». En el artículo superior mencionan que la causa principal no es la dieta sino el sedentarismo, algo que no es tan sorprendente como parece en un primer momento.
Como no soy médico no voy a entrar en detalle en los efectos de la obesidad, pero son de sobra conocidos: aumenta el riesgo de padecer casi todo el resto de enfermedades. Nadie muere de sobrepeso, pero sí de infartos, hipertensión o similares, favorecidos por ese sobrepeso. Todo el mundo sabe que el sobrepeso es malo y en la tele la gente guapa es flaca; entonces, ¿por qué iba una madre–permitidme el machismo implícito–a permitir que su hijo esté gordito?
Touché.
Unos padres no quieren que su hijo esté gordo. Pero; en su mente, hay una serie de prioridades. Primero; que su hijo esté a salvo. Segundo; que esté bien alimentado. Tercero; que sea feliz. El resto son irrelevantes.
¿Cuál es el problema, entonces? Que estas prioridades no están ponderadas. Me refiero, en un lenguaje no técnico, a que están priorizadas de una forma muy rígida, y no se flexibilizan en función de la situación.
«Nuestro hijo ha de estar a salvo». La televisión nos muestra los peligros de la vida: porterías de fútbol que caen, señores con caramelos con droga, jeringuillas en los parques, coches que atropellan. Por lo tanto, nuestro hijo no saldrá de casa a menos que estemos presentes. ¿Cuándo estamos presentes, si trabajamos todo el día? El fin de semana. Por lo tanto, nuestro hijo sólo hará ejercicio el fin de semana, y gracias.
Para saber que caerse hace daño, un niño primero se ha de caer. Para saber que los perros muerden, a un niño le ha de morder un perro –sin pasarse, por favor–. Si no, un niño se convierte en un E.T. que no sabe qué sucede más allá de la puerta de su casa, no es consciente de los peligros porque no los ha vivido con un padre delante para salvarlo y no sabrá reaccionar en el futuro frente a ellos.
«Nuestro hijo ha de estar bien alimentado». Si no le gustan las lentejas, lo que no puede ser es que se quede hambriento, así que le damos un bollycao. Tiramos las lentejas a la basura –¡con lo ricas que están!– y el nene se come la golosina. ¿Si se puede educar a los loros con galletitas, por qué no a los hijos? La comida deja de ser parte de la educación y pasa a ser un premio. Te portas bien, te compro las chuches. Te portas mal… te las compro igual porque, si no, tampoco te vas a comer las lentejas de todas maneras.
Gracias a dios, en la tele hay un anuncio de un frigorífico que conserva las acelgas por muchos días, cosa que enfurece al niño de la casa. Que se fastidie y coma acelgas.
Hay otro problema que no todo el mundo conoce, y es que el azúcar provoca más hambre. El cuerpo produce insulina para asimilar el azúcar, pero normalmente produce de más, por lo que el comer azúcar provoca la sensación de “arañar el estómago” que los niños confunden con hambre. Ñam ñam. Si tienes hambre, te comes las lentejas del mediodía, y además frías de la nevera.
«Nuestro hijo ha de ser feliz». Por eso le compramos cosas. Sería más feliz por el mero hecho de nuestra presencia pero, como trabajamos todo el día, sustituimos el cariño paterno por las consolas. El que os escribe es un defensor de las consolas como medio educativo y lúdico, pero un niño que se pasa el día delante de la consola deja de moverse, y eso hace que engorde.
Resumiendo, la suma (sobreprotección + sobrealimentación + sustitución del cariño por objetos) resulta en niños que no saben valerse por sí mismos, obesos, mimados y que no saben apreciar lo que tienen, sencillamente porque no conocen la austeridad.
El título de este artículo está más enfocado al problema de la obesidad, porque tampoco quiero hacer una tesis doctoral sobre educación, ya tengo bastante con la mía. El resto de puntos los dejo para mis contertulios, a ver si se animan a escribir sobre el tema.
Disfrutamos de una variedad infinita de alimentos, y en nuestro país la fruta y la verdura está tirada de precio. Los que habéis viajado ya sabéis lo que es pagar las manzanas feas a un euro la pieza, las mismas que aquí los agricultores han de tirar porque no se venden. Estoy conociendo a gente de mi edad a la que «no le gusta» la fruta o la verdura, simplemente porque de pequeño le asociaron esa comida a un castigo, y otro tipo de comidas a un premio.
Estoy hablando de un problema de asociación. Un niño al que se le premia con comida dulce se volverá obeso, asociará la comida a un proceso de recompensa, como el perro de Pavlov, y cada vez que se sienta mal comerá. Este cortocircuito neuronal es peligrosísimo, porque forma individuos que recurren a la comida frente a cualquier problema.
Pese a que algunas comidas son «culturalmente raras», como las gambas, los caracoles, las hormigas o el gato, la fruta y verdura son universales, y cuando éramos monos también las comíamos. Una persona que no come fruta o verdura, o pescado, o carne, o cualquier alimento básico simplemente porque «no le gusta» –al margen de vegetarianos por convicción– tiene un grave estigma del que le será muy difícil desprenderse como adulto.
Por todo ello, cuando estos niños lleguen a cierta edad, maduren, y dejen de ser niñatos malcriados y obesos, aún seguirán odiando cierto tipo de comidas, y se lamentarán por ello. Ojalá todos los padres fueran conscientes de que una alimentación desequilibrada y la falta de ejercicio pueden provocar problemas gravísimos cuando ese niño sea un adulto, al margen de la educación recibida, la valoración de las posesiones materiales y el resto de temas que he tratado en este artículo. Nadie tiene traumas por haber merendado lentejas, pero sí por no poder comerlas de adulto.
Dicho todo esto, cuando yo tenga un hijo igual hago todo lo contrario. Por eso ahora estoy habilitado para usar la cabeza y no el corazón, y puedo escribir este artículo.
Volvemos a la filosofía original de Dame la voz, tratando tres temas en profundidad. Es más, teníamos tanto que contar, que no ha quedado tiempo para el estudio estúpido de la semana ni comentar vuestros correos. Para un día que teníamos cuerda… esperamos que entendáis la situación :)
Abrimos el programa con un monográfico sobre Corea, y os explicamos lo que nadie explica. Por qué se originó el problema, por qué se mantiene, qué frentes hay abiertos, qué capacidad tiene Corea del Norte para atacar al resto del mundo y, en definitiva, intentamos arrojar un poco de luz y apartarnos del titular fácil y barato que tanto abunda en los periódicos. Aquí van un par de enlaces, pero la mayoría de la sección es cosecha propia.
En el bloque central comentamos las becas que se han aprobado para los alumnos que están a punto de abandonar los estudios, con opiniones de todo tipo. Finalmente, no podíamos obviar los lamentables carteles de la campaña electoral para las elecciones europeas, haciendo un breve repaso de lo que presentan los partidos mayoritarios.
Si quieres saber qué tertuliano de Dame la voz eres, ¡prueba el test de Facebook! Es parecido a los tests estúpidos que hacen tus amigos, ¡con la diferencia de que el nuestro mola! Y no te olvides de dejar un comentario con los resultados, nosotros no podemos saber quién te ha salido.
Podéis escuchar el programa desde el reproductor que hay en la sección derecha, o bien bajar el audio mp3 desde aquí. Si estáis de buenas, os agradeceremos que os apuntéis a nuestro grupo en Facebook o nos dejéis un comentario en iTunes, caso de que uséis estos servicios.
Todos sabemos por nuestras madres que no es bueno aceptar regalos de desconocidos. Por muy simpáticos que nos puedan parecer. Mi madre solía decirme “‘si un señor te da un caramelo, no lo cojas!”, y de hecho era un sabio consejo. Si pensamos en el tema de las drogas no podríamos estar más de acuerdo. El “señor” al que se refería mi madre era evidentemente una metáfora del posible camello en busca de clientes.
El método que usan es el siguiente: primero te ofrecen la droga diciéndote que no va a tener ningún coste para ti. Es un regalo que no te exige más que cogerlo, sin ningún tipo de consecuencia salvo el placer que te proporciona algo dulce. Pero el caramelo está envenenado. En realidad es una droga que te obliga a seguir aceptando más regalos de ese “señor”. Es evidente que al fin surgen los inconvenientes: una vez te has acostumbrado a obtener tu caramelo gratis el camello te informa que de hecho cuesta dinero, y que lo has de pagar. Aunque todavía queda lo peor: el mono. La droga engancha y si no se administra en dosis cada vez más altas, además del síndrome de abstinencia, conseguir el placer que obtenías fácilmente se va tornando cada vez más difícil.
Yo no tengo hijos, pero no descarto tenerlos en el futuro. Eso me hace pensar en esos “señores” que dan caramelos diciendo que no tienen consecuencias, y como quiero pensar que seré un buen padre, aconsejaré a mis hijos que no acepten caramelos de desconocidos. Pero hay que ser consecuente, y por eso me aplicaré el cuento a mí mismo, por lo que también me negaré a aceptar a señores que me ofrezcan 400 euros diciéndome que son gratis; y por supuesto, si en el colegio me ofrecieran un ordenador portátil gratuito para mi hijo sospecharía inmediatamente que los “señores” que lo regalan saben perfectamente sus consecuencias, y entonces respondería con la frase que tan bien me enseñaron mis padres: “no, gracias”.
Cierro el sarcasmo con la siguiente reflexión: ¿de veras alguien cree que se mejora la educación regalando portátiles a los alumnos?
No soy muy amigo de tocar temas delicados en los posts, ni de polemizar con cosas que requieren un análisis profundo, respetuoso y serio. Sin embargo, no me han pasado desapercibida la reciente resolución jurídica que condena a una madre de Jaén a permanecer durante un año sin la custodia de su hijo, y a 45 días en prisión, por haber dado una bofetada a su vástago que no quería hacer los deberes.
Los hechos sucedieron el 6 de octubre de 2006 cuando la madre recriminó a su hijo de 10 años porque no había hecho los deberes del colegio, a lo que el menor le respondió tirándole una zapatilla y corriendo a encerrarse en el cuarto de baño. La madre consiguió abrir la puerta y, tras agarrar al niño del cuello, le dio un golpe detrás de la cabeza que hizo que se golpeara la nariz contra el lavabo y sangrara.
La agresión trascendió cuando el menor acudió al colegio y los profesores observaron el moratón que tenía en el cuello, lo que motivó que lo trasladaran al centro de salud, que trasladó un parte al juzgado. Ahora, el Juzgado de lo Penal número 2 de Jaén considera acreditado que la madre “cometió un acto de agresión contra su hijo”. (Fuente El País Digital).
Todos tenemos nuestra postura frente a la manera de educar a los hijos y la manera de reprenderles, y estas últimas noticias, amén de la reciente campaña televisiva contra el castigo físico, me han hecho reflexionar, tanto como hijo que soy, así también como padre en un futuro no demasiado lejano necesariamente.
Lo primero que quiero puntualizar es que no estoy hablando de maltrato infantil, quisiera resaltar la diferencia que a veces no se tiene en cuenta, entre maltratar y castigar a un niño porque se ha portado mal y no atiende a razones. En general, y en eso estoy completamente de acuerdo, los padres intentan razonar con los pequeños cuando estos cometen alguna gamberrada, o simplemente se comportan de manera indebida. Hacerles comprender con palabras que hay cosas que no se deben hacer, que hay unas normas que rigen, desde la vida en tu propia casa como en el resto del mundo. Y que esas normas han de cumplirse para poder llevar una vida normal, sin buscarse problemas.
Pero, y si en determinados asuntos, ese niño no atiende a razones? Tal vez hay cosas que resultan complicadas de razonar con un niño de 10 años o menor. Después de todo, son personitas, pero no son adultos y no tienen una personalidad ni una mente completamente formada. Eso se estructura a medida que entramos en la fase adulta, durante la adolescencia… que bella época! Es una fase dura de la vida, en la que nos formamos como personas y aprendemos a racionalizar las cosas, muchas veces a base de porrazos, académicos, sentimentales, etc… A mi entender, pretender que un niño de 8 años piense y razone como un adulto, no es razonable.
Llegado el caso, debe ser castigado con la ley un padre que ha pegado a su hijo para reprenderle? Deben sentirse como maltratadores los padres que alguna vez han pegado a un hijo cabroncete? Y repito que me refiero a un cachete o una bofetada, no a una paliza. Creo que todos nos hemos llevado una “tollina” en alguna ocasión, y eso no nos ha generado un trauma. Es más, mi padre cuando se enfadaba, me echaba unas broncas que para mi eran peores que bofetadas.
Todo esto para mi, no es más que un efecto rebote derivado de los casos de la niña Alba en Barcelona, o el de la pequeña Mari Luz asesinada en Huelva. Esos dos casos de presunta negligencia por parte de la administración y de la justicia, han generado una controversia que no habíamos visto antes en este país. Por lo tanto, el razonamiento de dichas instituciones es que, es mejor curarse en salud y con la ley en la mano condenar a una madre de una manera un tanto desproporcionada.
No soy un conocedor sobre legislación ni derecho, pero siempre pensé que aun teniendo la ley escrita, los jueces deben echar mano de su criterio y sentido común en cada caso que encuentran. Bien, en tal caso, creo que este es uno donde el sentido común del juez ha brillado por su ausencia.
