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Llevo meses esperando a que me convoquen a la huelga. El año pasado todavía pensaba que una huelga no tenía razón de ser, porque la crisis no es algo que se pueda solucionar con un paro general. Sin embargo, a raíz de la mala gestión y de las medidas recaudatorias que afectan principalmente a la clase media, no era difícil pensar que había llegado el momento de ir a la huelga.
¡Pero una huelga general!
Voy a exponer mi argumento de forma muy sencilla. Llevamos tres años de crisis, dos de ellos con unos problemas económicos gravísimos. En este tiempo, los empleados de la empresa privada han sufrido lo indecible, han sido despedidos indiscriminadamente y han visto recortados sus sueldos mediante EREs u otros métodos. La mayoría han aceptado los recortes, todo sea por conservar el puesto de trabajo.
El mes pasado el Gobierno anunció una serie de medidas destinadas a reducir el gasto público, entre las que se contempla reducir el sueldo a los funcionarios. La gran mayoría, los que tienen nóminas sobre 1500 euros mensuales, las verán reducidas entre un 0,5% y un 3%. Una miseria, comparado con lo que han sufrido los de la privada. Fijáos que no estoy apoyando el recorte; simplemente lo estoy comparando con lo que sucede en el mundo real, fuera de la burbuja feliz en que viven los trabajadores públicos.
Pues bien, ahora los sindicatos han despertado y hoy, 8 de junio, se está celebrando una huelga de funcionarios. ¿Pero cómo, sólo de funcionarios? Sí, sólo de funcionarios.
Entendería que este recorte fuera la gota que colma el vaso y llevara a la convocatoria de una huelga general. Sería algo interesado por su parte y llegaría tarde, pero entra dentro de lo comprensible. Ahora ya todos estamos cubiertos de mierda, públicos y privados.
La postura de los sindicatos, que ha sido reaccionar con una pataleta frente a un mísero recorte cuando el resto llevamos tres años luchando por no engrosar las listas del paro, me parece egoísta a más no poder.
Me ofende que no me convoquen a la huelga. Hace tiempo que deseaba una convocatoria, pero aquí todos moros o todos cristianos. Andarse a medias tintas es feo de cojones y rezuma superioridad, dando a entender que los únicos que merecen derechos laborales son los funcionarios públicos y al resto que nos den. Los derechos deben ser para todos.
No penséis que soy un revolucionario de sofá. «Monta tú una huelga», me dije hace tiempo. Error. Ha de quedar muy claro que sin el apoyo sindical es materialmente imposible.
Os pongo en contexto; hace meses me reuní en diversas ocasiones con los sindicatos para organizar movilizaciones cuando se anunciaron los recortes en I+D. Y, ¿sabéis que me dijeron? Que no había para tanto. A duras penas conseguimos su apoyo para convocar una manifestación. Entonces pensé que los sindicatos estaban comprados.
Quiero suponer que he visto las dos caras de la moneda y, desde la ignorancia, que tengo algún conocimiento de causa como para poder formular estas críticas. No me cabe la menor duda de que habrá muchos sindicalistas y funcionarios que pensarán como yo; por lo que esto no es una crítica al sistema sino a los hechos que están sucediendo y la forma en que se presentan a la sociedad.
Ahora me he dado cuenta de que los principales sindicatos no están comprados; simplemente son unos egoístas interesados.
Para rizar el rizo, por lo visto se ha extendido una «genial ocurrencia» entre algunos funcionarios. Éstos han pedido asuntos propios para el día de hoy y, de esta manera, no les descontarán un jornal del sueldo. Alegan que lo que no quieren es que el Gobierno salga beneficiado de la huelga, ahorrándose el pago de un día de sueldo.
Lo entiendo, pero no lo comparto, y os diré por qué. Aunque están en su derecho, de nuevo, este artículo trata sobre el fondo ético de la huelga. Para mí, una huelga representa una protesta en su máxima expresión; indica que el trabajador está tan cabreado que está dispuesto a dejar de cobrar el sueldo de un día con tal de demostrar su enfado. Bajo mi punto de vista, esto desvirtúa la huelga por completo. Ir a la huelga y cobrar es como estar en misa y repicando. Se pierde toda la fuerza moral que otorga no percibir el sueldo.
Debería haber quedado claro que la huelga no es por el dinero, no es por ese 0,5% menos del sueldo. La huelga debería reclamar un reajuste serio de la economía, impuestos sobre los más ricos, impuestos sobre el capital bancario, facilidades para la creación de nuevas empresas, reducción de las dietas de los políticos y dinero que se tira por el retrete en levantar aceras que ya están bien puestas y visitas oficiales.
Àngel decía que, si un 10% de su sueldo iba a servir para arreglar la crisis, que se lo quitaran. Que me lo quiten a mi también; seguro que muchos de vosotros pensáis igual. Pero, a la vez, que metan mano a los ricos, y que ese ahorro lo inviertan correctamente.
Para acabar, resumo los tres puntos que he intentado explicar en este artículo.
A los sindicatos: o nos convocan a la huelga, o que no esperan nuestro apoyo ni simpatía por la causa. Al Gobierno: antes de recortar el sueldo de los funcionarios y subir el IVA, aumentad el IRPF para rentas superiores a 100.000 euros y gravad las transacciones interbancarias. Y, por el amor de dios, ¡facilitad la creación de nuevas empresas! De lo contrario, la única alternativa seguirá siendo el trabajo público, y tendréis que seguir recortando el sueldo a los funcionarios.
Nuestro amigo Rubalcaba pone un poco de orden para dificultar nuestra tarea de recolección de noticias, aunque Corbacho admite que ha habido “caos” en las declaraciones. Con Sébastien hablamos sobre los recortes en el plan espacial, el Congreso da un toque para reducir el Gobierno, la OMS decreta el final de la pandemia de Gripe A y la UE decide rescatar a Grecia.
Después hablamos sobre un láser que destruye mosquitos (vídeo), el zumo de tomate sabe mejor en los aviones y nos planteamos pagar a los oyentes.
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Como va siendo típico en occidente, y en especial en nuestro maravilloso país, a cada bache económico de más o menos magnitud se manifiesta claramente una adoración (que nada tiene que envidiar a otras religiones) a la persona de John M. Keynes, ovacionado economista. Populacho y políticos por igual le aman y dan por ciertos sin dudar sus esquemas. Y no es de extrañar: según la teoría Keynesiana, la clave de una economía sana es una demanda estable, que no aumente ni disminuya fuera de los equilibrios deseados, garantizando un circular constante del dinero, y todo ello conseguido con la intervención activa del gobierno. Qué político se opondría a la intervención estatal? Y qué político que se precie no podría convencer a una masa a cada día más crédula del bien sin límites que puede hacer el Gran Administrador?
Y la realidad, que esté quietecita y no estorbe, que callada está muy guapa.
Por una de esas bromas del destino que tanto le gustan al Altísimo, lo que debiera haber acabado siendo una aproximación de cierta valía y a corto plazo de la economía clásica se exaltó de tal forma que ahora ocupa su lugar al lado de Imagine y Una Verdad Incómoda como pilares fundamentales de la civilización modernilla. Y pobre del que niegue sus verdades!
Pero como dijo aquel, no he venido a adorarle sino a enterrarle. La ironía de la situación histórica en su globalidad es tan dulcemente deliciosa que hasta daría pena desmontarles el sueño a ciertas personas. Por… suerte? la mayoría de ellos ya han pasado el horizonte de sucesos de la lógica, y nunca más saldrán de él para darse cuenta de su error, se diga lo que se diga y pase lo que pase. Así que el circo va a continuar, aunque se les acabe cayendo la carpa encima.
Y es que sus premisas básicas ya se agujerean con solo pensar un poco. Demanda. Circulación. Control. Esas son las palabras clave para un keynesiano, las que gobiernan todo lo demás y lo atan en las tinieblas. Nada importa, excepto garantizar que la demanda no se reduzca (como pasa en una desaceleracion/recesion, por ejemplo), que no aumente (como en expansiones fuertes o booms), fijando el flujo de dinero mediante control monetario descarado.
Y qué contrasentido es poner la demanda por encima de todo. No negaré que el así llamado consumo, la demanda de los productos es una parte imprescindible de la economía (vamos, que si nadie compra nada, mal vamos). Tampoco se puede negar que tiene un gran efecto de feedback sobre la oferta y la producción, como bien dicen las leyes clásicas del mercado. Pero pretender que la demanda es el único factor relevante, y aún más, identificarla como “variable de control” que se hace variar a voluntad para regular el sistema es, no solamente estúpido, sino también un error.
Se puede ilustrar muy fácilmente porqué la demanda no debe ser glorificada en macroeconomía con un pequeño ejemplo. Bueno, pequeño no, pero ejemplo sí.
La crisis ha conllevado que todos nos apretemos el cinturón. Y el gobierno, también.
El País publica un interesante, a la par que alarmante, artículo sobre los recortes en investigación que el gobierno pretende llevar a cabo para el próximo año. Una caida de la inversión del 37% (unos 600 millones de €), dejándonos de nuevo a niveles de 2006, antes del crecimiento que ha sufrido el sector en los últimos tiempos.
Voy a citar unas palabras de Joan Guinovart, presidente de la Confederación de Sociedades Científicas de España (Cosce): Si creen que la investigación y la educación son caras, prueben con la ignorancia y la mediocridad.
Y es cierto. Estamos claramente en un cambio de modelo económico. Los países más adelantados no se basan en el ladrillo o el turismo. Basan cada vez más su poder en crear riqueza a partir del conocimiento. Quien tiene la ciencia y la desarrolla tiene la sartén por el mango.
Si los presupuestos de los próximos años van en esa línea, pronto seremos un país de tercera línea. Tal vez se consiga remediar el paro u otros parámetros de macroeconomía que no entiendo demasiado, pero lo que es seguro es que en el panorama internacional cada vez pintaremos menos.
Me vais a permitir que encarne en el «catálogo de Ikea» todo lo que vienen a ser los folletos publicitarios, triple envoltorio de plástico para las magdalenas, doble precinto de las botellas de agua, flyers, y un largo etcétera de productos de un solo uso con utilidad nula. He escogido al catálogo como cabeza de turco porque es un tocho de papel satinado, a todo color, que yo no he pedido que me envíen y que anuncia un producto en el que el lector sólo estará interesado cuando se mude o reforme su casa, es decir, una o dos veces en la vida.
Por el párrafo anterior ya podéis intuir de qué va el tema. Parece que una magdalena va a estar contaminada de ébola a menos que lleve un plástico individual, otro plástico para el pack de 3 “para llevar” y otro plástico para la bolsa, sumado a un tercer plástico que es la bolsa de la compra. De todos ellos, irónicamente, el único reutilizable es la bolsa de la compra, que la mayoría de la sociedad usamos para tirar la basura. ¿Los otros? Simplemente, forman parte de esa basura. Digo que es irónico porque las administraciones están poniéndose serias para restringir las bolsas del súper, cuando lo que deberían hacer es parar la vorágine de productos de un sólo uso o, sorpresa, de cero usos.
Como no quiero que me malinterpretéis, os voy a comentar que soy un convencido y un activista del reciclaje. En casa tengo varios cubos: orgánica, papel, vidrio, envases, aceite, pilas, electrónica y finalmente la “basura” propiamente dicha, que no entra en ninguna otra categoría. YO RECICLO. Es por eso que me enfurece que me traten como un idiota, que quieran prohibir la única bolsa útil —seamos sinceros, a veces estás en la calle y te ves obligado a entrar en el súper sin haberlo previsto— mientras a mi alrededor se amontonan una serie de residuos y nadie hace nada para evitarlo.
Soy uno de esos estúpidos a los que educaron de pequeños en la economía sostenible, tanto en casa como en el colegio, y se lo creyó. Por poner algunos ejemplos; me hace duelo tirar comida y por eso compro lo justo para que no se me pudra en la nevera, aunque me implique echar a correr muchos días porque tengo la nevera vacía. Me invade un sentimiento de culpa cuando en la impresora del trabajo imprimo un documento a una sola cara en vez de a doble cara, aunque luego reaprovecho el papel para hacer garabatos. Cierro el grifo cuando me lavo los dientes, ¡leches! si hasta hay veces en que no tiro de la cadena después de mear, si sé que voy a volver dentro de un rato. Tengo difusores en todos los grifos, doble botón en la cisterna del wc, bombillas de bajo consumo, apago los monitores cuando voy a comer para que no gasten luz en stand-by. En resumidas cuentas, intento despilfarrar lo mínimo; y uso la palabra «despilfarro» porque, seamos sinceros, no me voy a lavar mejor los dientes porque esté el grifo chorreando.
Como os iba diciendo, soy un poco tonto y creo en eso de que «todos los gestos cuentan». Por eso me indigno cuando, en plena sequía, todos los céspedes y piscinas de la zona alta de Barcelona estaban relucientes. Cuando llego a casa y me encuentro el buzón lleno de publicidad imprimida a todo color, en papel satinado, mientras imprimo los artículos en arial 8 para ahorrar papel y tinta. Cuando me compro una botella de agua y tiene «doble precinto de seguridad» —más el tapón en sí.
Ya que aparece el tema del agua, quiero aclarar una cosa. En Vilanova i la Geltrú el agua del grifo es imbebible, y por eso todos compramos garrafas. No sabéis qué lujo es poder beber agua del grifo, pero nosotros, simplemente no podemos. El agua es blanca. Pero, ¿sabéis qué?, ese agua es potable, y la pagamos como tal. Voy a ser más específico; pagamos el recibo del agua con un suplemento porque es potable. ¿De qué sirve que sea químicamente potable, si es humanamente imbebible? No sirve ni para regar las plantas. Pero claro, de cara a la galería, cuando realicen los informes del ayuntamiento, se jactarán de que «el agua de Vilanova i la Geltrú es potable» y se colgarán la medallita.
He de reconocer que me considero una persona moderada, dentro de mi estupidez. Por ejemplo, considero que está bien dejar encendidos los focos de la Sagrada Família por la noche, aunque gasten luz. Es bonito, y es un consumo asumible. También me parece bien, por contra de lo que opina mucha gente, que jueguen al fútbol de noche, con el consiguiente gasto de luz. ¿Habéis intentado jugar a fútbol en junio a las tres de la tarde, como hacen en el norte de Europa? El sol abrasa, ciega a los porteros aunque lleven gorra y la gente no iría al campo sólo por no pasar calor. De nuevo, es un gasto asumible, en mi opinión. Debe de hacerse lo posible por ahorrar en este gasto, pero no es necesario cortar el 100% de los gastos superfluos.
¿Quién pone la barrera de lo que es superfluo? Hombre, nadie me negará que un bote de mantequilla no necesita tres precintos de seguridad. Que no es necesario que un edificio de oficinas esté iluminado por la noche. Que pongan el aire acondicionado a 16º «porque está regulado en la central» y tengamos que abrir las ventanas para que entre aire caliente, sin posibilidad de cambiar el termostato.
Cuando estuve en la Expo de Zaragoza vi unos gráficos que no he conseguido localizar para este artículo. Se trata del consumo de agua para la producción de algunos objetos o servicios. Me escandalicé al ver el agua y energía que se invierte —digámoslo así— en cultivar una lechuga, producir un cartón de leche, fabricar un ordenador. Son ejemplos básicos, y siento no tener cifras, pero lo de la lechuga era de escándalo. Algo así como 100 litros de agua. Lamentable, vamos.
Es decir, ¿yo he de aguantar la peste a orín en el wc de mi casa por no gastar 3 litros de agua, pero un agricultor no está obligado a usar técnicas de riego eficiente? ¿El ayuntamiento puede tener tuberías que pierden miles de litros de agua al día, pero me multan si tengo una gotera que da a la calle? ¿He de poner doble cristal para ahorrar en calefacción mientras el ayuntamiento tiene las puertas abiertas y el aire acondicionado puesto?
Agua, electricidad y recursos básicos como la madera son recursos relativamente escasos. No hay que llegar al extremo de intoxicarse por beber agua del grifo con tal de ahorrar, pero los estamentos públicos deben espabilar y legislar al respecto, sin demagogia ni perroflautismo, por favor. Dejar de imprimir el BOE y distribuir un PDF es inteligente. Prohibir las bolsas del súper, ignorando los envoltorios de los productos es hipócrita. Fomentar el ahorro energético y el consumo responsable es inteligente. Subir el precio de la electricidad es hipócrita. Mejorar el transporte público es inteligente. Obligarnos a circular a 40 km/h en autopista es hipócrita. Usar papel reciclado en las Administraciones es inteligente. Permitir que Ikea nos mande un catálogo con publicidad que cuesta 1/10 de árbol y 50 litros de agua es hipócrita. Legislar los hábitos de consumo del ciudadano y la Administración es inteligente. No legislar los de las empresas es hipócrita.
Esta doble moral, de cara a la galería, ecologismo de pandereta y ninguneo del ciudadano es lo que más me preocupa. Sería fácil decir que «paso de reciclar», pero no, yo asumo mi responsabilidad, y no voy a dejar de hacerlo. Pero, por favor, no me tomen el pelo. Un respeto a los estúpidos como yo.
Aviso: La semana que viene no hay programa. Nos vemos en 15 días.
Abrimos con el campeonato de copa, en lo deportivo y lo extradeportivo. TVE no retransmite la silbada y al día siguiente destituyen al director de deportes de la casa y hay reacciones políticas al respecto.
El País escribe un artículo sobre 4chan sin tener ni la más mínima idea, confundiendo churras con merinas, la OMS alerta sobre la gripe A mientras nosotros jugamos al Pandemic2, detectan niveles altos de cocaína y otras drogas en el aire, un par de reportajes sobre la píldora postcoital, Morpheus también escribe sobre los portátiles en primaria, Nuria nos envía una tira de Mauro sobre el cine español, y acabamos con nuestra inexistente sección de sexo, donde un hombre se compra un DVD porno titulado «Asuntos con las mujeres de otros» y descubre a su mujer… con otro.
Si quieres saber qué tertuliano de Dame la voz eres, ¡prueba el test de Facebook! Es parecido a los tests estúpidos que hacen tus amigos, ¡con la diferencia de que el nuestro mola! Y no te olvides de dejar un comentario con los resultados, nosotros no podemos saber quién te ha salido.
Podéis escuchar el programa desde el reproductor que hay en la sección derecha, o bien bajar el fichero mp3 desde aquí. Si estáis de buenas, os agradeceremos que os apuntéis a nuestro grupo en Facebook o nos dejéis un comentario en iTunes, caso de que uséis estos servicios.
Si seguís el programa —¡mañana grabamos! ¡volved el domingo a escuchar el programa!—, sabréis que hablamos mucho de economía. A veces, incluso más de lo que nos gustaría. Pero en los tiempos que corren es muy necesario explicar qué está pasando en el mundo, por qué se dice que hay crisis y cuáles son sus consecuencias. Dame la voz intenta no sólo ser un debate entre amigos sino también divulgar sobre aquellos temas que no suelen estar demasiado claros en la vida real.
Yo acostumbro a poner siempre el mismo ejemplo: el de los tipos de interés. Me apuesto un huevo y parte del otro a que habéis escuchado alguna vez en un telediario la frase «suben los tipos de interés». Ahora no me apuesto nada, pero estoy convencido de que la gran mayoría de veces el periodista que narra la noticia no se ha parado a explicar qué son o cómo funcionan. No tienen que explicarlo siempre, pero sí de vez en cuando, para recordar a la población que Zapatero no tiene un botón que dice «subir los tipos de interés» y lo va pulsando conforme le apetece.
No es que quiera defender a Zapatero, pero es que aún queda gente por el mundo que se piensa que todo depende del gobierno —el que sea, se entiende—. Si sube el pan, es culpa del gobierno. Si sube la gasolina, también. Si sube el IPC, también. Si sube el paro, también. Curiosamente, si les suben el sueldo siempre es gracias a sus méritos personales, pero eso ya es otra cuestión. (Imagen: Tracy O)
Hay que educar a la población en teoría económica. Es más, si yo puedo entender cómo funciona la economía, cualquiera puede. Como me da igual hablar y pifiarla, voy a intentar explicar básicamente por qué sube el pan o por qué sube la gasolina, con permiso de los economistas presentes en la sala. Si me tenéis que corregir, me corregís, pero por favor no me critiquéis el artículo por ser demasiado básico, porque ese es principalmente su objetivo.
Lo primero que se debe de tener en cuenta son los agentes que controlan la economía. Uno son los bancos, en concreto el Banco Central Europeo. Esta entidad regula los tipos de interés, que es el dinero que cuesta que te presten dinero. Por ejemplo, si pides dinero a tu banco de la esquina y los tipos de interés están al 2% TAE, tendrás que devolver un 2% anual más del que te dieron. A efectos macroeconómicos, si los tipos están bajos se prima el gasto por parte de la población, ya que no sale a cuenta tenerlo en la cartilla y además es barato pedir más dinero.
Muchos aún se asustan cuando descubren que el mundo trabaja con dinero que no existe. Que, por cada euro que tienes en el banco, éste puede trabajar con siete euros —perdón, creo que la proporción es ésta— nuevos. ¡Claro que es así! Si no, la economía estaría estancada. Si por cada persona que pide una hipoteca de 200.000 euros, el banco tuviera que disponer de cuentas corrientes por valor de 200.000 euros, ¡mal iríamos!
Esta semana hemos decidido NO hablar de Israel, para no cansar con el tema.
Para ello, hacemos mención a la labor de «oposición del PP» que está llevando el gobierno desde hace unas semanas, el cambio de director de Público, la dimisión forzada de Calderón, la web anticrisis del gobierno y alguna chorrada más, para variar.
Ya nos diréis qué os ha parecido. Podéis escuchar el programa desde el reproductor que hay en la sección derecha, o bien bajar el fichero mp3 desde aquí.


