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Entradas Etiquetadas ‘sociedad’
4 de septiembre

Recientemente hemos conocido una sentencia del TSJC que obliga al uso del castellano como lengua vehicular en Catalunya. Quizá lo más sorprendente para muchos sea el amplio rechazo que se ha generado contra esta sentencia, por parte de ciudadanía, políticos e instituciones, cuando lo normal es que en este tipo de temas haya cierta división.

Me gustaría empezar la temporada de DLV explicando a nuestros lectores de fuera de Catalunya cuál es la opinión mayoritaria–con permiso del respetable–sobre la educación en catalán, y también aclarar el origen histórico de esta medida.

Es muy importante conocer el porqué de la normalización lingüística (NL) en Catalunya para poder entender el contexto de la noticia. Este concepto consiste en usar el catalán como lengua vehicular–es decir, la lengua en la que se imparten las clases–en las escuelas. La NL tiene un objetivo muy claro: garantizar el conocimiento del catalán por parte de la sociedad catalana. Esto, que puede parecer injusto a primera vista, es posiblemente el elemento educativo y social más importante que ha desarrollado esta comunidad en los últimos treinta años.

Catalunya, por el hecho de ser una comunidad española, empapa gran parte de su cultura, y lo hace a través de su idioma. El idioma más hablado en la calle es el castellano. El idioma en el que se publican el 90% de los medios de comunicación, radio, televisión, periódicos, e incluso este blog, es el castellano. Este hecho es aceptado y se ve como algo positivo por parte de la mayoría de la comunidad. Sin embargo, para mantener el equilibrio bilingüe, se debe garantizar también que los niños aprendan el catalán. Es una especie de pacto social y cultural.

La única manera de conseguir este equilibrio es que los niños aprendan y usen el catalán en la escuela.

Dar tres horas de catalán a la semana no es suficiente; como muestra, analicemos qué parte de la población española aprende inglés en el colegio con tres horas de clase a la semana. Bien, lo mismo sucedería con el catalán. Es necesario que sea el idioma vehicular para que se use y comprenda correctamente. Hasta aquí, los hechos.

Una vez explicado el porqué de la NL, podemos argumentar a favor y en contra, pero siempre manteniendo el debate bajo unos términos muy sencillos: mantener el equilibrio del bilingüismo. Por desgracia, eliminar la NL rompe este equilibrio. No es posible garantizar el conocimiento del catalán de no ser mediante la NL.

Por otra parte, el conocimiento del castellano sí está garantizado, debido al entorno social y a la culturización por parte de los medios del resto del país. No me gusta mucho dar ejemplos, pero, hay barrios de poblaciones cercanas a Barcelona con familias de inmigrantes españoles que no conocen el catalán. Sin embargo, no hay ningún joven que no sepa hablar castellano. Y es porque, pese a la intoxicación informativa de algunos medios, en Catalunya se puede sobrevivir perfectamente sin hablar el catalán, pero no al revés. El castellano sigue siendo no sólo el idioma más conocido, sino también el más usado.

Una de las cosas más bonitas de la escolarización en catalán es que, pasado un período de reticencia inicial por parte de algunos sectores, toda la población, incluyendo inmigrantes–extranjeros o españoles– lo valoran como algo fantástico. Los niños llegan a casa hablando catalán y ayudan a los padres a integrarse y aprender el idioma. Yo, personalmente, como hijo de inmigrantes, jamás perdonaría haber sido escolarizado sólo en castellano y no haber aprendido nunca el catalán. No hay ningún motivo racional por el que una persona deba ser privada del privilegio de hablar otro idioma.

Es más, hurgando en la raíz del problema, descubrimos en realidad ciertos grupos nacionalistas españoles, que no tendrían problemas en que sus hijos se escolarizaran en inglés o francés para aprender una segunda lengua, pero que se escandalizan si esta segunda lengua es el catalán. Y siento decirlo, pero un sentimiento patrio no es motivo para evitar que un futuro ciudadano conozca el idioma de la región donde se encuentra. El saber no ocupa lugar.

He querido plantear mi argumentación basada en la racionalidad, aunque hay otros motivos en los que no entraré. La necesidad cultural de preservación del idioma; los estudios científicos que demuestran que los niños bilingües tienen más facilidad para el aprendizaje; lo absurdo de la «objeción» a que un hijo estudie, por ejemplo, matemáticas mientras se argumenta por la objeción a estudiar catalán; el catalán como lengua integradora entre catalanes, españoles, latinos y no-hispanos; la NL como modelo de educación bilingüe adoptado por la mayoría de países europeos.

Son sólo unos ejemplos, pienso, suficientemente razonables a favor de la conservación del catalán. Para conseguir esta conservación necesitamos que la ciudadanía conozca el idioma. Y, llegando al final del argumento, si no fuera por la NL, esto no sería posible.

Hace poco leí en un libro una frase que me marcó: «hacer lo correcto no siempre tiene un resultado correcto». En este caso, «hacer lo correcto» sería permitir que los niños se escolarizaran en cualquiera de los dos idiomas, dejando escoger a los padres. Las consecuencias serían catastróficas. Para conseguir el resultado correcto debemos aplicar un método que parece injusto, pero que, en realidad, es el garante del equilibrio cultural y la integración social.

17 de noviembre

Recientemente estoy metiendo el hocico en política, y me gustaría explicaros dos descubrimientos, uno bueno y uno malo. O los dos malos, según como se miren.

El bueno es que el poder político no es tan hijoputa como parece. Vaya, lo parece, pero en el fondo no lo es. Sencillamente, tienen unas prioridades. La primera es el poder, después el dinero, y finalmente su imagen. Le siguen una serie de chorradas, y al final de todo viene la prosperidad del país. Se trata de una pirámide de Maslow perversa, pero conociendo el sistema podemos aprovecharlo en nuestro beneficio.

La mala, como pone arriba, es que el interés común es la última de sus prioridades. Sin embargo, podemos amenazar con dañar su imagen—tengamos razón o sólo por tocar las narices— para conseguir un avance. La prensa tiene mucho más poder del que jamás me hubiera imaginado; tan sólo le supera el resultado final de las elecciones y el dinero, pero es capaz de condicionar ambos.

Es decir, que si uno pertenece a una minoría, y esos intereses no coinciden con los de quien gobierna, ajo y agua, a menos que seas tan ciego como para no verlo, o tan sectario como para encima aceptarlo y decir que te gusta.

Esto no es fútbol, amigos. Nos intentan vender que un empate vale si los otros pierden. Pues no, aquí hay unos que queremos ganar siempre. Y si nuestro equipo no gana, no sirve de nada echarlos a todos ni tampoco ir a animarles para ver si les suben los ánimos. Lo que hay que hacer es hablar con el entrenador y arreglarlo.

Ya he dicho alguna vez que admiro la capacidad de implicarse a todos los niveles de la sociedad estadounidense. Si algo no les gusta, clavan una pancarta en el jardín de su casa para cagarse en quien haga falta. Llaman a sus senadores—quienes, por contra, sí responden las llamadas—e impulsan leyes desde su independencia ciudadana. Aquí la gente sólo se mueve manipulada por los partidos o los sindicatos, y cuando pasa al revés, las instituciones te observan con curiosidad, como un gato que descubre un objeto nuevo y no sabe muy bien si es peligroso.

Reunirse con gente del mundo de la política —no exclusivamente políticos— es aguantar un juego de contrapesos entre poderes e intereses que, en cierto modo, tiene sentido, pero no deja de ser una falta de respeto a la sociedad que lo único que quiere es que las cosas funcionen. Y creedme, si funcionan es porque la mayoría actúa con responsabilidad y buena fe, porque si tuviéramos que depender de tener buenos mecanismos, íbamos apañados.

Una última conclusión es que a los políticos les extraña que un grupo de gente independiente quiera que el país avance. No les cabe en la cabeza. ¿Para qué íbamos a querer lo que para ellos representa la última prioridad, sin antes tener cubiertas las necesidades básicas, como estar forrados o mandar mucho? Es como si vamos a África y les explicamos que nos gastamos los dineros en peluquería canina en vez de comer. No lo entienden.

Este artículo se ha redactado de forma ambigua a propósito. El que quiera saber de qué hablo, que busque mi nombre por la prensa; el objetivo de este blog no es el de publicitar las cruzadas personales.

Una de las cosas que más me gusta de vivir en España es que todo el mundo es un experto en todo, y por lo tanto puede opinar al respecto. Macroeconomía «la crisis es culpa de los bancos», fútbol, por supuesto «Real Madrid, campeón de Europa», el favorito de los abuelos, arquitectura «pues con esos cimientos el edificio no va a aguantar», biología «las farmacéuticas fabrican los virus para luego vendernos la vacuna» y el último descubrimiento, el alpinismo «pues si hubiera sido Messi, seguro que le rescatan»

Hay ámbitos en los que la todología puede aceptarse en mayor o menor medida. Quien más, quien menos, ha jugado a fútbol y entiende algo, aunque muchos de los que opinan jamás han tocado un balón. Todo el mundo tiene derecho a opinar, claro está, aunque suelte burradas del calibre de «el Gobierno debería bajar el precio de los pisos». Además, esta pandemia no está limitada a la sociedad civil, puesto que cada vez más periodistas sufren de todologuismo, especialmente los de Recoletos.

Pese a lo pringaos que somos en Dame la voz, muchas veces nos habréis oído comentar «vamos a dejar que Saúl nos inlumine sobre el tema de Corea, porque el resto no la entendemos» o «aunque el tema del día es el caso Gurtel, mejor no lo tocamos, porque es muy complejo y no estamos suficientemente informados».

Claro que nosotros no tenemos que vender periódicos de 70 planas cada día.

No sé si os habrá pasado, pero a mí se me caería la cara de vergüenza si dijera que «cómo es que el hombre ha llegado a la luna pero no puede enviar un helicóptero a rescatar a Óscar». Me refiero a que como pregunta razonable tiene su qué, pero presuponer que “alguien” lo hace “adrede” es una burrada. La respuesta, si uno se informa, es que no es lo mismo preparar una misión lunar durante quince años que rescatar a una persona en quince días. Da igual, porque para esta gente que cree que los duendes hacen funcionar internet, todo es posible, y si no está inventado es porque hay una conspiración para que no se haga. Hablando de conspiraciones, animo a Galceran o a Oriol para que escriban un artículo con las conspiraciones más curiosas que conocen, y os vais a reír un rato.

Tampoco es que uno tenga que ser doctor para poder opinar de algo, pero hombre, antes de hacer el ridículo es mejor callarse. No pasa nada por no saber de algo, es honesto reconocer que tal tema se nos escapa o que no tenemos ni idea de tal concepto. Aún más; con la existencia de la Wikipedia e internet, no cuesta nada llegar a casa y mirar de qué se trata o preguntar para que alguien nos lo aclare.

Se está produciendo un fenómeno curioso; dentro de pocos años, crecerá la primera generación de niños que no conocen el desconocimiento. Me explico, cuando yo era pequeño, muchas veces nos surgían preguntas un poco inocentes, pero de las que era difícil saber la respuesta. ¿Por qué a las lagartijas les crece la cola si se la cortas?. Tenías que preguntar a un adulto, que muchas veces tampoco lo tenía claro, o ir de propio a una biblioteca. Eso sí era un coñazo. Hoy día, te vas a Yahoo! Answers y en diez minutos cualquier hoygan tiene la respuesta.

Sarcasmos aparte, hace muchísimo tiempo que no consigo encontrar la respuesta a alguna pregunta que me surja. El que es un ignorante es por voluntad propia, no por falta de acceso a la información. Si te apetece saber cómo funciona el mecanismo de regeneración de las lagartijas, lo buscas en la Wikipedia, en la que no sólo tienes la explicación científica sino un resumen para todos los públicos.

Voy a acabar con una paradoja que me resulta muy curiosa. Aunque está de moda aparentar que sabes de todo, está mal visto estar realmente informado y conocer un poquito lo que pasa a nuestro alrededor. Después de discutir con algunos todólogos sobre temas de los que no tenían ni idea, en vez de reconocer su desconocimiento, me suelen atacar con que «es que tú estás muy enteradillo», con sorna, como si fuera algo malo saber cosas.

Es normal estar muy enterado de las noticias si uno hace dos programas semanales de actualidad. Es mi “trabajo”. Aunque, visto lo visto, es mejor aparentar que sabes muchísimo de todo, pero a la hora de la verdad ser un ignorante. Es más guay.

Os dejo, voy a poner Telecinco, creo que Belén Estéban va a explicarnos cómo funciona el LHC.

Cada mañana reviso las portadas de los periódicos generalistas para, básicamente, leer las noticias del día anterior y recrearme en el «más de lo mismo». Es curiosísimo como cada periódico genera sus propias noticias, modelando la realidad a su antojo y dirigiendo el pensamiento de sus lectores hacia el campo que más les interesa.

Por poner ejemplos con nombres y apellidos, El Mundo lleva años con el raca-raca de que el castellano está perseguido en Catalunya. Hasta hace no mucho, insistía en la teoría conspirativa del 11-M y otras chorradas de por el estilo, que se han demostrado falsas a posteriori. Pero a ellos les da igual, prefieren huír hacia adelante que cambiar de temática. Será que les funciona.

Otro ejemplo es Público, para quienes hace dos semanas que únicamente hay guerra en Gaza. Aun con la severidad de los ataques y lo injusto de las muertes, parecen haber olvidado el resto de conflictos o noticias que han aparecido estos días. De nuevo, les da absolutamente igual.

Podría seguir, pero cualquiera que revise regularmente las líneas editoriales ya sabe de qué pie calza cada uno.

Todo esto nos lleva a lo que, a mi juicio, es más grave de esta situación. Podría decirse que los lectores de un periódico son fieles a su medio, lo compran y leen regularmente, y seguramente no siguen otra fuente de información con otro punto de vista. Están totalmente manipulados, opinando sobre temas que les son ajenos, por el mero hecho de que su redactor estrella se lo sugiere.

En el programa del día 10 comentábamos lo absurdo de tomar partido encarnizadamente en una guerra que no entendemos, movidos por los medios, quienes nos obligan a «estar con ellos o contra ellos».

¿Y si a mí no me da la gana de estar con nadie? Yo no quiero identificarme ni con un bando ni con el otro, ni tomar partido; es más, tengo derecho a que no me interese en absoluto el conflicto —al margen, como digo, de los horrores que toda guerra provoca. Y pido perdón por abusar de la guerra en Gaza como mero ejemplo; pero mi subconsciente no puede escapar al exceso de información.

Todo este bombardeo de información, finalmente, nos lleva a una despersonalización absoluta, donde no somos más que un número, un votante, una firma en una hoja que pide al Gobierno tal o cual. Olvidamos que tenemos vida propia, amigos, familia; nos disolvemos en la masa social, componiendo una ínfima parte de algo mayor. Nos indignamos por las muertes en Gaza mientras ignoramos que la mujer de nuestro vecino se ha suicidado porque tiene problemas de alcoholismo, nos enfadamos con nuestros amigos de toda la vida porque ellos son pro-Barça y nosotros pro-Espanyol; en definitiva, simpatizamos con desconocidos a costa de nosotros mismos.

Aunque tengamos un día fantástico, el trabajo nos haya salido mejor de lo esperado, hayamos comido bien y haya gente que nos quiera, cuando llegamos a casa los medios nos obligan a enfadarnos, enfrentarnos al resto de la sociedad o incluso a temer por nuestra integridad. A base de bombardearnos con negatividad y terror nos convertimos en un pequeño átomo que forma parte de un gran ente, olvidando que ese ente no existiría de no ser por los átomos que lo componen.